A lo warrior

Las noches amargas de Vucetich

“¡Está tocado por Dios!, ¡en verdad, este cabrón está tocado por Dios!”, me dijo lleno de júbilo Aldo de Nigris rumbo a los vestidores del Estadio Azteca aquella noche nebulosa y contrastante donde millones nos rendimos ante la milagrosa chilena de Raúl Jiménez.

Se refería a Vucetich. El inmutable, el sereno, el antivisceral que cruza de brazos a manera de implosión. El de mirada melancólica, de ojos rojizos y pestañas prominentes. Víctor Manuel, el hombre museo. El mismo que a escasos minutos del silbatazo, volteó a la banca para llamar a Raúl Jiménez como si adelantado al tiempo supiera que, ese “9”, con un gol escultural apagaría el fuego que ya nos carbonizaba.

Pero días después, en San José de Costa Rica, el desenlace no fue el esperado. A Vucetich le faltaron páginas de tiempo para aniquilar con un final feliz, la podredumbre que la Selección arrastraba. Un combinado aún enfermo que deambulaba con la herida expuesta e infectada gracias al terrorífico bisturí del Chepo.

Entre empujones y golpes de los guardias del Estadio Nacional, yo no dejaba de observar a Vucetich en esos fatídicos instantes donde el Mundial nos decía adiós socarronamente. Ausente. Atado. Era Carlos Barra el que enloquecía y eran los jugadores de banca quienes desesperados preguntaban por el resultado entre Estados Unidos y Panamá. Él no.

Ni antes ni después de los goles de los norteamericanos, Vucetich hizo gesto alguno. Siempre firme y estoico como si México no estuviera agonizando.

Fue su último –y único- fracaso. Y también, el último partido que lo vi dirigir.

Ahora llega el Rey Midas a un equipo donde no le exigirán el campeonato y mucho menos la clasificación a un Mundial. ¿Seguirá el mito o pedirá a los dioses griegos le liberen de su don para poder dirigir ya sin obligación de dejar estelas auríferas?

Él sabía lo que pasaría en Panamá. Por ello decidió quedarse de brazos cruzados.

Qué razón tenías Aldo.  

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