A lo warrior

La vida sigue

La Torre Eiffel sigue tan majestuosa como siempre, los escargots tan suculentos y las baguettes tan crujientes como lo han sido desde el siglo XIX.

La vida en Francia sigue. Y viaja tan rápido como lo hace su tren de alta velocidad que va de norte a sur, de París a Marsella a 300 km por hora, que cualquier fracaso en la Euro se reduce a cero.

Francia no murió por el torneo continental que terminó en decepción por resbalar con el pastel de su propia fiesta ante Portugal. Se sonrojó un poco y pasó un poco de pena, pero nada más. Francia limpió su vestimenta, sacudió las piedras de las rodillas y siguió firme. El vals de la vida se siguió escuchando en cada estación de su metro.

¿Hubo dolor? Sí. Impotencia mucha y frustración más. Pero París está tristemente acorazada por los recientes golpes que ha sufrido con atentados terroristas y arrebatos de la paz que una derrota en el mundo tan superficial del futbol, es insignificante.

En las calles parisinas fui testigo de cómo aficionados portugueses discretamente celebraron lo que ni ellos soñaron con los ojos abiertos. Era un júbilo incierto y amorfo. Estaban en casa ajena y jamás fueron asombrosos. Es más, ni a cenicienta llegaron ni de cenicienta se vistieron.

Cristiano brindó su partido más emotivo y lo hizo fuera de la cancha; tan grande que fue capaz de darle brillo a un equipo deslucido al que le alcanzó con más impulso que talento. El astro del Madrid demostró que sus lágrimas también son de gimnasio y que tuvieron suficiente masa muscular para marcar diferencia.

No fue la mejor ni será la Eurocopa más recordada. Densa y larga como una baguette de dos días. La artística Francia tiene cosas más bellas, como sus paisajes de lavanda y alineados girasoles como para preocuparse sobre el por qué Portugal con tan poco, pudo llevarse tanto.

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