A lo warrior

¿Quién está detrás del ‘Tuca’?

“Dejen de de llamarme pingüino (así lo apodaban por su forma de caminar). Se vale debatir, se vale cuestionar, pero lo primero que les pediré, es que me dejen de llamar pingüino”, dijo Ricardo Ferretti a sus nuevos pupilos aquella tarde donde, empujado por el tiempo, mutó de jugador a director técnico.

Irascible, colérico y de posturas arrebatadas. Irremediablemente obsesivo y fugazmente sonriente ante las cámaras. Un romántico de las viejas usanzas hasta para las sesiones de video. El primero en llegar y el último en irse de una práctica. Respetuoso de las jerarquías, irrespetuoso con las maneras.

Alguna vez Ferretti se excedió en centímetros al filtrarle un balón a Gérson, el Zurdo de Oro cuando compartieron la camiseta del Botafogo. El astro brasileño lo reprendió señalándole que la próxima vez que no le pusiera el balón en el dedo gordo del pie izquierdo, no volvería a jugar. De ahí su disciplinada filosofía de juego y su inagotable obsesión en busca de la perfección.

Transmuta sus células en instantes con la misma celeridad que lo hace un camaleón. Lo vi reír con el chef que le preparaba huevos rancheros en un hotel de concentración  y en segundos, vi cómo gruñó para sí cuando un joven se acercó a pedirle una foto. No lo abrazó. Apenas se dignó a posar de la misma forma en que un posaría un poste de luz a cualquier hora del día.

Las biliosas conferencias, sus patentadas rabietas y hasta las recientes formas de niño caprichoso escondiéndose detrás de la banca -cual nieto jugando con el abuelo entre los árboles- no representa lo que el Tuca es en realidad.

Sus rasposos gritos guturales, sus mentadas con pronunciaciones faríngeas y sus insultos con veloces manos de pianista, son apenas una o dos canas de su ya nevado pelo. Detrás de ese ensalivado mostacho, quien se esconde es un hombre de buen corazón; un viejo sabio, tal como un buen vino -amargo, intenso y seco- escondido en alguna cava de colección.

carlosguerrerogallegos@gmail.com

Twitter@CARLOSLGUERRERO