A lo warrior

El desierto llamado Cruz Azul

Apenas se sostiene. Camina lento bajo un calor que sofoca. Su garganta está seca y arenosa, tanto o más que su desolador presente. Es el aficionado de Cruz Azul, ese que ya no distingue ni el horizonte por la ventisca que lapida sus ojos, ese que ya no sabe si avanzar, si renunciar a su lucha, si dar más pasos; ese que luce abrumado de esperar tanto a cambio de nada.

En medio de su propio desierto, el verdadero aficionado cementero está colapsado. Voltea y prefiere callar. Ese, al que alguna vez le brotó sangre azul al sufrir una herida, hoy parece dispuesto a poco. La ilusión de cada torneo ya no lo alimenta. Imposible mantener los músculos y la mente a flote sin nutrientes de triunfo.

La historia no gana campeonatos, tampoco la camiseta. Y mucho menos si bajo ella no está la piel de Miguel Marín, Javier Guzmán, Alberto Quintano, Fernando Bustos u Horacio López Salgado. El aficionado a Cruz Azul está insolado, con la piel rojiza y expuesta, confundida entre coraje y decepción.

¿Cómo decirle que siga adelante, que no se rinda? ¿Cómo suplicarle que avance para que la arena movediza no lo hunda? ¿Cómo pedirle al aficionado de Cruz Azul que llene el estadio, que vuelva a apasionarse?

Cruz Azul se hizo viejo. Se quedó atrapado en los 70, en los 80. Tuvo miedo a la renovación, a la remodelación interna y externa desde su escudo, su tipografía, su mascota, su autobús, su imagen, su cuenta de comunicación, sus redes sociales y hasta sus grupos de animación con descoordinados pompones.

Sus dirigentes creyeron que de la década histórica vivirían por siempre.

Cruz Azul está estigmatizado, aburguesado y satanizado.

Hoy más que nunca ese aficionado de Cruz Azul que desfallece y palidece, comienza a delirar en busca de un oasis que no figura a la redonda. A cambio sólo se topa entre fracasos y endebles manejos, con viejas y espinosas cactáceas.

carlosguerrerogallegos@gmail.com

Twitter@CARLOSLGUERRERO