A lo warrior

Transformers

Son fascinantes. Hombres dignos de estudio para la ciencia y la psicología. Hoy llamados directores técnicos o maestros para darle categoría y elegancia al comunicado. Hace años cuando la pelota era de cuero y no rebasaba la media cancha en un despeje, eran simplemente entrenadores que vestían viejos suéteresy una boina para protegerse del sol. Mediadores de quienes morían por ser parte de un once entre campos que levantaban hierba silvestre y algo de tierra. Aún recuerdo a don Antonio Carbajal en su última aventura como técnico con el extinto Unión de Curtidores en la aún llamada Primera División “A”. Al término de los partidos, a unos pasos del vestidor, salía a declarar. Se paraba en una vieja pared para atender a los pocos medios. Lo hacía con una botella de Coca-Cola en la mano. Y lo hacía para refrescar la garganta después de su interminable repertorio de gritos. Aquello fue un último destello, un ya lejano avistamiento de ese fiel romanticismo que no aceptaba depósitos bancarios por la “indirecta” promoción o uso de marca. En el mundillo de los directores técnicos, la ciencia debe tener patrones claros y establecidos sobre el proceso evolutivo que sufren conforme avanzan los días y los meses, los partidos y los torneos. Nadie envejece tanto y tan pronto como ellos. Entran relucientes, pero salen con la cabeza ceniza y con arrugas. Lo vi y lo viví muy de cerca con Javier Aguirre. Su dentadura en los últimos días la escondió con cerrojo. También su mirada debajo de una gorra para que nadie le viera a los ojos. De la misma forma pasó con Chepo, hubo días en pleno Hexagonal, donde gritoneó a todo aquel que le respiraba cerca. La presión genera rabia, desesperación y acaba con la tolerancia. Hoy le ha llegado a Miguel Herrera quien debe voltear un par de segundos, respirar profundo y analizar por algunos unos minutos, la transformación de sus antecesores.

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