A lo warrior

¿Qué le pasa a Osorio?

Considerando que Juan Carlos Osorio ha dirigido quince partidos, debo haberlo entrevistado ya en unas veinte ocasiones.

Nunca antes lo vi con el semblante que tenía al término del partido amistoso frente a Panamá. Un rostro adusto y áspero. Distinto al de la fatídica derrota ante Chile. Aquella vez era de frustración. De shock.

A un año de haber tomado las riendas de la selección mexicana, hoy Osorio parece arrastrar cierta desilusión. Antes de iniciar la entrevista en Chicago, le pregunté qué tenía, qué le pasaba o si se sentía mal.

Sin desencajar la mirada del piso, solo se limitó a sonreír un poco después de meditar la respuesta dos segundos. No dijo que nada, pero percibo claramente que ya no la pasa tan bien. No pretendo justificar su aparente malestar. Solo deseo compartir algo que he detectado del seleccionador nacional aprovechando la cercanía que tengo con él. Tendrá sus razones –y probablemente muchas– para estar así, con la mirada extraviada y con la sonrisa desaparecida.

Si acaso es presión, supongo sabe que esa maldita olla que devora mentes es algo con lo que se deberá lidiar siempre.

Considero que lo de Osorio pasa más por el constante bombardeo de críticas que recibe tras un proceso que no ha evolucionado lo suficiente. Si no se ha retrocedido, tampoco se ha dado un considerable salto de calidad. Y no por sus formas ni rotaciones, ni sus polémicas convocatorias, sino por la irregularidad del futbolista mexicano. Con Pep sería lo mismo.

Cuando el productor me indica que inicie la entrevista, Osorio responde con la misma educación de siempre. No se engancha, no es grosero y mantiene una línea de respeto en un país donde tristemente, la decencia no vende portadas. Hay solo una medicina para sanar el alma de Osorio. Se vende en Columbus. 

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