Así lo vivimos

El día más largo

Esta vez no hubo advertencia, el primer movimiento nos hacía saber que no era uno como cualquiera, que el ensayo en el que habíamos participado dos horas atrás serviría de muy poco.

En medio del caos, con las redes colapsadas y las calles sobre pobladas de automóviles tuve que caminar unos cuatro kilómetros para regresar a la que ha sido mi casa durante la última década y comenzar el aprendizaje. No sentí alivio al ver que todo estaba como lo dejé.

Por esas calles, que recorro todos los días caminando, vi los mismo rostros de siempre; los meseros, aquellos que atienden en la tintorería, los vecinos y hasta las personas cuyo nombre desconozco, pero los he visto más de una vez en cualquiera de los bares de la Colonia Roma.

Todos íbamos en la misma dirección. Llegué a un punto familiar, ya estaba acordonado, a unos metros de Álvaro Obregón 286 un hombre lloraba desesperado para tratar de entrar; su mujer trabajaba ahí y no contestaba el teléfono.

Aprendí lo mismo que los miles de ciudadanos que formaron las enormes cadenas humanas, que nos pusimos un casco y chaleco por primera vez. Que no nos quedamos sentados a ver el barrio derrumbarse. Que entendemos que los que están pasando por esto son conocidos, amigos, primos o hermanos nuestros.

Conmueven los minutos de silencio, los puños en alto en las tribunas de los estadios, que nos recuerdan a la señal de silencio, de esperanza. Poco a poco regresó la materia que le da vida a nuestras planas en La Afición.

Todavía se escucha el ruido de la maquinaria y las plantas de luz, mientras que las sirenas de los vehículos de emergencia se han alejado. Necesitamos regresar a nuestra rutina para colaborar en la nueva realidad de todos.

El calendario puede indicar que han pasado dos semanas, pero hoy todavía es 19 de septiembre. 

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