Así lo vivimos

Un pozole para despedir a Cuauhtémoc

Me cuesta trabajo entender que el máximo ídolo del futbol mexicano no pueda tener una despedida digna. No supo cuándo irse, cuándo hacerlo como se merecía.

Nadie puede cuestionar el lugar de Cuauhtémoc Blanco en la historia del futbol mexicano, con él no se trataba de goles, ni de títulos o de los colores del América. Todos lo reconocían como el mejor, le rezaban para que salvara a la selección en los momentos difíciles y pocos entendían como no tuvo una larga carrera en Europa.

La hoy menospreciada Copa Libertadores era uno de sus escenarios favoritos, siempre se crecía en los partidos más duros, ante las aficiones más aguerridas de Sudamérica.

Su talento y picardía no merecían una fría despedida como aquella de septiembre del 2008 en Chiapas, cuando -muy por las malas- se le “homenajeó” de forma tal, que hasta sus familiares sufrieron para conseguir un acceso ese día al estadio. Improvisado, así no debía irse del Tricolor.

Durante esa concentración, se filtró que Blanco se fue de fiesta, provocando la ira de Sven-Göran Eriksson y de ahí le dieron el empujón para tomar una decisión, que a la postre revertió.

Seis años más tarde jugó, ahora sí, sus últimos minutos en el Estadio Azteca con la selección, mostró entrega, el toque que lo caracteriza, pero ya no estaba en los planes del Piojo Herrera. Su condición física no era para una Copa del Mundo.

Tampoco lo ocurrido en el mismo Azteca en el América vs Puebla está a la altura del arrastre y cariño que le tiene el público.

El Cuau cometió también muchos errores, sus provocaciones le generaron enemistades, pasó demasiado tiempo de su carrera activa en foros de televisión y desperdició sus últimos años en Liga de Ascenso para mantener sus pretensiones económicas.

El ídolo del futbol mexicano merecía anunciar su retiro después de un gran partido, tal vez con un trofeo en la mano, en la cima, no después de un pozole en pleno acto de “precampaña” en Cuernavaca.

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