Así lo vimos

El placer de “chingar” a otro mexicano

Giovani es un mediocre, que juega en un Liga donde las estrellas solo van a retirarse; Guillermo Ochoa es un portero inflado por Televisa, pero es muy malo; Chicharito es producto del marketing.

Ninguna de las tres afirmaciones es cierta, pero son mucho más repetidas que los elogios que esos tres, y muchos otros deportistas mexicanos, reciben en su propia tierra.

Octavio Paz nos definió hace casi 70 años como “Hijos de la Malinche”, que producto de ese ultraje encontramos en “la chingada” a la madre de todos nuestros enemigos. Y no estoy citando a Paz para hacerme pasar por intelectual, cualquiera que haya cursado la secundaria conoce, al menos, fragmentos del ensayo donde diagnostica que “chingar es hacer violencia sobre el otro”, y además “provoca una amarga, resentida satisfacción en el que lo ejecuta”.

Menospreciar a esa generación de jugadores, que sí ha ganado muchas cosas, por más que nos encante negarlo, trae ese descargo que nos hace pensar que podemos arrastrarlos a nuestra realidad, regresarlos al fondo de la bandeja, como describe el primero que tuvo que enfrentar tal fenómeno, Hugo Sánchez. Ahí están los cangrejos.

Los cien goles de Javier Hernández en Europa y la posibilidad de que se convierta muy pronto en el mayor anotador histórico de la selección son el mejor ejemplo, parece que todavía tiene más críticos que seguidores.

Escojo esos tres casos, pero no son los únicos. Guardado y Moreno no son ídolos porque juegan en la Liga de Holanda (como si fuera cosa menor); ni qué decir de los que están en Portugal, hasta un gol en la Copa Mx ante un equipo de Ascenso parece valer más que hacerlo en Champions League.

Sí, son estrellas, ganan un dineral y están mimados. Así son los futbolistas en todo el mundo. Si Messi y Cristiano fueran mexicanos, nos las arreglaríamos para chingarlos.  

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