Así lo vimos

Las lágrimas de Ronda Rousey

El 23 de febrero del 2013 se hizo historia en las artes marciales mixtas. El UFC reconoció que las mujeres podrían ser parte de su espectáculo, porque varios años antes, otras promotoras como Strikeforce ya habían dado ese paso.

Estuve en el Honda Center esa noche en UFC 157 para ver la pelea entre Ronda Rousey y Luz Carmouche en una atmósfera diferente a la de los varios eventos que ya había atestiguado.

Días antes, durante la promoción pude hablar con Ronda por primera vez, escucharla relatar cómo los medallistas olímpicos, como ella, recibían un pequeño bono al regresar a Estados Unidos y después eran olvidados.

Tras ganar el bronce en judo en Pekín 2008, regresó a buscar empleo y de no ser por el MMA, probablemente apenas podría pagar una renta, pero hoy, está más cerca —en nivel de popularidad— de Leonardo Di Caprio, que de Laila Ali, por citar a una de las máximas estrellas del deporte de combate.

He visto algunas veces su entrevista con Ellen DeGeneres, donde rompe en llanto y asegura que "pensó en suicidarse" tras ser apabullada por Holly Holm en noviembre pasado, pero por mucho que estoy en desacuerdo con las distracciones que su carrera en Hollywood le generan a la ex campeona gallo, creo que por fin vimos a la Ronda que llegó al UFC hace tres años.

Estaba en un pedestal tan alto, abusó verbalmente de sus rivales tantas veces, fue tan dominante en el octágono, que era natural que sintiera que el mundo se acababa cuando se dio cuenta que era humana, que no era la mejor. Con todo el glamour que la acompaña, al ser modelo de Sports Illustrated en body paint, volvió a la tierra, sabe que esa atención es pasajera y se la debía al cinturón.

Tuve otras entrevistas con ella, siempre atenta, pero poco a poco se transformaba en la celebridad que hoy tiene muy poco tiempo para los reporteros de MMA y solo abre espacio en su agenda para Ellen, Jimmy Kimmel y los estudios de cine.

Si no hace cambios radicales, Rousey volverá a perder con Holm cuando la fractura de su quijada le permita regresar al octágono y será hora de volver a buscar trabajo, aunque esta vez sea buscando un papel protagonista en lugar de servir cervezas en un bar.


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