Así lo vivimos

Porque el “eh puto” no se irá nunca

Tiene unas cuatro cervezas encima, ya trae la camisa desfajada y el cierre de su chamara amarilla del Club América resiste mientras su estómago se inflama cuando le da otro sorbo al vaso de plástico.

Su lugar está a unas 20 butacas de la banca, se organiza con otros siete amigos, todos arriba de los cuarenta años y gritan al unísono: "¡La Volpe, La Volpe, chingas a tu madre!". Las decenas de seguidores que están a su alrededor ríen y festejan la coordinación con la que dan una muestra del sentir del público del estadio Azteca, no están contentos ni con el invicto que tanto defiende el actual técnico azulcrema.

La Volpe los escucha, por más que los ignora no se aguanta las ganas de voltear. No responde y llama a Rafael García para consultar un movimiento en la cancha.

Este "aficionado X" está viviendo el mejor momento de su semana, se acercan los jugadores de la banca del Necaxa a calentar y vuelve a demostrar su liderazgo: él y sus seguidores levantan el dedo medio y gritan "¡putos, putos, putos!", incluso algunos otros se les unen.

Pagar el boleto para la semifinal valió la pena, el poco futbol se olvidó con los gritos y el hecho de que América disputará otro título.

Pero no es uno de los sospechosos comunes, está muy lejos del estereotipo del barra brava, sin embargo, encuentra un desahogo en insultar a los rivales, le celebra todo a Moisés Muñoz y como la mayor parte de los asistentes se unió al canto del "eh... puto" en los despejes de Marcelo Barovero.

Podría decir que estoy en contra del grito, que no entiendo por qué lo defienden y estoy de acuerdo con que se castigue a los estadios donde se aplique un acto discriminatorio como tal, pero por más que le doy vueltas, no puedo imaginar dónde va a descargar toda esa energía el "aficionado X" si un día logran erradicarlo.

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