Así lo vimos

“Chuy el Toro” es inocente

En 1975, el legendario Bob Dylan compuso la canción “Hurricane” para relatar la historia de Rubin Carter, un boxeador que vio su carrera coartada por encontrarse cerca de un bar, donde dos hombres de color cometieron tres asesinatos.

Carter fue identificado a unos metros del lugar, con un auto similar al de los homicidas y condenado a cadena perpetua. A la justicia estadunidense le tomó casi 20 años liberarlo y reconocer que su único pecado fue ser un negro en el lugar equivocado, a la hora equivocada.

La fama de José de Jesús Corona es la de un hombre violento, la espectacular escena del cabezazo en la infame noche de Morelia o la farsa montada cuando su familia trató de encubrir una pelea en un bar, lo perseguirán por el resto de su carrera.

La Concacaf, apegada a un reglamento de FIFA que pocas veces se recuerda, le dio tres partidos de suspensión, el primero lo pagó la noche del martes. Pero ese no es el problema de Corona, otra vez hay voces que piden sanciones severas, que cuestionan su capacidad para estar en la selección.

He podido entrevistar varias veces al portero de Cruz Azul desde aquellos incidentes y siempre he visto a un tipo sereno, mucho más maduro en sus respuestas que otros jugadores, capaz de elaborar discursos que enganchan a sus compañeros en el vestidor.

Varios de los integrantes del equipo campeón olímpico en 2012 mencionan como hablaba Chuy siempre de trascender, cosa que sucedió con él bajo el marco.

La calentura que lo llevó a intercambiar insultos con los jugadores de Xolos la semana pasada será siempre propia de un deporte donde existe el contacto físico como el futbol. Los árbitros tendrían que estar equipados con pistolas inmovilizadoras para evitar un par de manotazos y mentadas de madre. Vaya, en el mismo partido, lo que hicieron Cirilo Saucedo y el DT César Farías merece un castigo peor que la actitud de Corona.

Es absurdo esperar que pague otra condena por su fama.

A pesar de todos aquellos que lo quieren crucificar, sería una absoluta contradicción que un técnico como Miguel Herrera tomara la menor atención en lo sucedido en la semifinal de la Liga de Campeones. Esta vez, Corona es inocente.

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