Columna invitada

Bandera roja

“La adversidad provoca que algunos se rompan y que otros rompan récords”

William Arthur Ward

 

 

Este verano es de alto riesgo para el deporte mexicano. Tanto el mal llamado deporte amateur, que aglutina a las disciplinas olímpicas y algunas que no lo son, como el deporte nacional que es el futbol, enfrentan compromisos que más allá de lucir complicados pueden tener grandes repercusiones.

Por alguna razón que nunca he compartido, en México nos ha gustado construir nuestra propia lápida, durante mucho tiempo. Soy de la generación de 1970. Me tocó vivir tiempos difíciles en el deporte mexicano. Y sí, en el pasado, los resultados deportivos no eran los que deseábamos o merecíamos, de acuerdo con nuestro desarrollo, y hoy evidentemente aún hay espacio para crecer.  Pero también es cierto que a la dificultad de triunfar a nivel mundial, le agregamos un buen número de dudas y complejos.

Dejar atrás el recurrente, injustificado y autoimpuesto complejo del ya merito, requirió de grandes hazañas y de grandiosos atletas. Tuvieron que venir, entre otros, un grupo de futbolistas menores de 17 años, y demostrarnos que México podía ser campeón del mundo en 2005, para que luego lo fueran otros en 2011, y unos más lo fueran a nivel olímpico en 2012.

Apareció por ahí una mujer con una tremenda disciplina y talento, de nombre Lorena Ochoa, para dominar por cuatro años un deporte en el que México no solo no figuraba, sino que se practicaba poco. Aquello, para que hoy haya más mexicanas que nunca participando en el US Open de la LPGA, y sobresaliendo a nivel mundial en el sector amateur. Pasamos, por supuesto, por Julio César Chávez, Ricardo Finito López, Juan Manuel Márquez y muchos otros campeones mundiales en el boxeo, donde siempre los hemos tenido.

Paola Espinosa se convirtió en la primera campeona mundial en clavados, y María del Rosario Espinoza en la primera mexicana en ganar oro en Centroamericanos, Panamericanos, Olímpicos y Mundial. Laura Sánchez fue la primera mujer en obtener una medalla en clavados individuales en Londres 2012, y México irrumpió en deportes donde antes no competía y logró así una semifinal olímpica entre dos arqueras mexicanas Aída Román y Mariana Avitia, una escena nunca antes vista.

Surgieron medallistas mundiales como Paola Longoria, por mucho la mejor del mundo en raquetbol; Daniel Corral en gimnasia, Éder Sánchez en caminata, Óscar Valdez en boxeo, Alejandra Zavala en tiro deportivo, Uriel Avigdor, Briseida Acosta y René Lizárraga, entre otros, en taekwondo; y muchos, muchos más, afortunadamente. Aparecieron héroes anónimos que, por ser juveniles, pasan desapercibidos, pero que han roto cualquier cantidad de récords en la obtención de medallas, en muy distintos deportes, y que son el futuro de la competitividad de México, tanto en el olimpismo, como en los mundiales de
futbol.

Así, México pasó de 18 medallas de oro en los Panamericanos de Río de 2007, a 42 en Guadalajara 2011, y de tres medallas olímpicas en 2008, a siete en 2012. ¿Y por qué? En gran medida, justo porque esta nueva generación de atletas nunca compró esa estúpida idea de que el mexicano NO podía ganar y decidió demostrar lo contrario.

Hay formas de competir, muchos mexicanos han decidido hacerlo para ganar.

Nuestra pareja de clavados de 10 metros sincronizados, los famosos Pollo y Duva, quienes conquistaron la plata en Londres 2012, son un claro ejemplo de ello. Por sus clavados, por la innovación en sus saltos y por elegir el máximo grado de dificultad en sus ejecuciones, ellos decidieron, no dejaron nada a la suerte, sino todo a su desempeño personal. Eso es a lo que me refiero con la mentalidad ganadora. Me refiero, de la misma forma, a aquel equipo sub 17 de 2011 que tuvo en Julio La Momia Gómez, a un tipo, un héroe, que demostró que se puede perder, pero nunca rendirse.

Habría muchos recuentos más de cómo fue que los atletas mexicanos pasaron de ser percibidos como los ya merito, para convertirse en una realidad, una generación entera que vivió y transformó esa idiosincrasia del sí se puede al ya se pudo.

Y ese es justo el riesgo a enfrentar este verano. No el de alcanzar o no un número determinado de medallas, o un pase para disputar un partido que conlleve a otro torneo, en este caso la Copa Confederaciones.

Todo eso, por supuesto, es importante, pero lo que está en juego es la inercia; una inercia que tristemente ha perdido impulso; una inercia que generó muchas hazañas, de muchos mexicanos ejemplares y que tomó toda una década.

La delegación Panamericana viene de perder unos Juegos Centroamericanos, que no debieron perderse, y que en gran medida se perdieron a partir de los acuerdos que convino el Comité Olímpico Mexicano, al aceptar la disminución de medallas a repartir en el tiro con arco; con ellas, México ganaba los Juegos de Veracruz 2014. El equipo tricolor, que después de ilusionar en Brasil, viene de caer en el Mundial Sub 20, en Toulón, en el Mundial femenil y en la Copa América.

Está claro que el reto es grande y complejo. Pero también me parece claro que, al menos hoy, más que nunca, existe material humano para encararlo y, sobre todo, la mentalidad para superarlo. Hoy, el éxito es terreno conocido, y a toda costa hay que evitar que renazcan esas voces de desconfianza que una década tardamos en acallar. Confío en que así ocurrirá.

Las banderas rojas son temporales, en nosotros está que vuelva la calma y el éxito.

¡Vamos México! 

 

Twitter: @bernardodlgarza