La contracolumna

Trampas

El Real Madrid Club de Futbol es una de las instituciones deportiva menos honorables del mundo. Sus trampas, manipulaciones, intimidaciones, corruptelas, campañas y conexiones con primer, segundo, tercer y cuarto poder están sobradamente documentadas. En un ataque de impulsiva lucidez, el pícaro Faustino Asprilla los definió con el tino que nunca tuvo dentro del área: equipo de ratas.

Desahogado lo anterior, no creo que el Madrid le haya robado al Bayern Múnich. Me niego a pensar que el árbitro, de manera premeditada, le obsequió su pase a semifinales. El futbol, como cualquier deporte menos boxeo y lucha libre, basa sus cimientos en la credibilidad. Los goles, los regates, las paredes, los túneles, las atajadas y los toques de primera intención están muy bien, pero quedarían reducidos a actos circenses si no contaran con el factor incertidumbre. La certeza de que cualquier cosa puede pasar en un partido, el hecho de que todo resultado sea minúsculamente posible, es lo que nos impulsa a encender el televisor. Ahí está la clave del negocio. En el futbol, a diferencia de las películas, nunca estás seguro de quién va a ganar.

Está claro que en este mundo cochambroso, los intereses económicos priman sobre todas las cosas. Que hay equipos con más tendencia a ser favorecidos. Que se han amañado cantidad de ligas y sin fin de partidos en los cinco continentes. Que el órgano rector del futbol, la FIFA, es la imagen viva de la peste y la ramería. Lo sabemos todos y sin embargo, muy dentro de nosotros, nos resistimos a admitir que todo sea una farsa. De repente, tal vez para guardar las apariencias, el sorteo no favorece tanto al Madrid; al Barcelona le arrebatan un gol fantasma; al Manchester United le pitan un penal en contra y todas las teorías conspiratorias se derrumban, para luego volver a reconstruirse en dos patadas.

Ocurre que nuestra naturaleza reclama la figura de un villano a quien atribuir nuestro infortunio. Cuando nuestro héroe nos sale humano, cuando la burbuja revienta, acusarlo es simple. Es tan conveniente como Dios: lo explica todo sin comprobar nada.

El video arbitraje sólo incrementará la paranoia. Que un personaje sombrío determine el destino de un partido desde algún oscuro sofá, solo podrá asociarse con esos siniestros hilos que tejen a la orden de los tramposos de siempre.

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