La contracolumna

La prostitución del Barça

El FC Barcelona ya no es más que un club. Hoy es un equipo tan grande como indistinguible, una macroempresa multinacional más que ofrece sus servicios en la industria del ocio. Le identifica una clara doctrina de juego, sí, pero carece de la convicción con la que el Ajax se entrega a ésta. Su apuesta por la cantera, otrora sello de distinción, es cada vez menos decidida; nada que ver con la del Sporting de Lisboa. La conexión simbólica con su tierra es ciertamente fuerte, pero carece de nexos tan sólidos como los que unen al Athletic de Bilbao con su gente. Cuenta con una enorme masa social... significativamente menor que la del Benfica o Bayern Múnich. Tampoco sobresale por sus conquistas. En su historia ha ganado lo mismo que el Bayern y bastante menos que el Madrid. Es una máquina de hacer dinero que funciona más o menos bien, pero no tanto como Real Madrid o Manchester United.

Ya nada hace especial al Barça, que en 2011 anuló su política de no patrocinar una camiseta que, por limpia, era única en el mundo. Sigue siendo el único club que ha clasificado todas las temporadas a competiciones europeas. Este verano se convirtió en el primer equipo en conseguir el triplete en más de una ocasión. Además cada vez que levantó la Champions, alzó también la Liga.

Por todo lo demás, el único modo de distinguir hoy en día al FC Barcelona del Real Madrid es el color del uniforme.

El Barça presume de humildad y luego contrata a Neymar: el mayor desubicado de todos los tiempos. Apela a sus valores y después viste de azul y grana a Luis Suárez, con todo y maxilar. Se jacta de seny (en catalán: sentido, sensatez) y acto seguido ficha a Arda Turan, el mismo que hace unos meses atrás aventó su zapato a un árbitro asistente en un juego contra el propio Barcelona.

El pasado fin de semana en un ejercicio democrático, el Barça decidió que está conforme con su imagen de club tan vencedor como tramposo. Uno de los pocos clubes que permanecen sin amo y con libre albedrío para elegir a su jerarca, demostró que le vale estar sancionado por hacer trampa en La Masía, que le da igual el fraude y las mentiras en torno al fichaje de Neymar, que le resulta irrelevante proclamar en su camiseta el nombre de un régimen autoritario e impulsor del terrorismo y que le tiene sin cuidado la brutal erosión de la cantera, entre muchas otras atrocidades provocadas por la junta directiva respaldada, voto mayoritario mediante, hasta 2022. 

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