La contracolumna

Oscurantismo blanco

El Real Madrid la hace, pero no la paga. Cría cuervos que reverencialmente velan por sus ojos. Dentro de la cancha y fuera de ella, galopa en un hilo dental con una red de protección debajo que le provee de inmunidad hacia la derrota e impunidad ante el castigo. Todo debe y nada teme.

Escapista legendario, elude balas, granadas y bombas en cada sorteo al que se presenta. Se encomienda a la síntesis sustractiva del color para recordarle al mundo que dos amarillos no tienen por qué hacer rojo. Platón y la FIFA le hacen los mandados en términos de justicia. Cada vez que el Real Madrid sale a jugar futbol, le grita a los niños que en la escuela les mienten descaradamente.

El Madrid pone de cabeza la teoría de la probabilidad estadística cada vez que un nuevo sorteo vuelve a emparejarle contra el rival menos complicado posible. Desafía las leyes matemáticas cuando Sergio Ramos suma amonestaciones que no le sacan de la cancha. Masacra los preceptos del Derecho Romano cuando logra que se le levante una sanción previamente cumplida por su máximo rival, tras incurrir en idéntico delito.

Aunque si una disciplina se ha visto especialmente ninguneada por el flamante campeón del mundo a nivel de clubes, esa es la ciencia de la Lógica. No hay falacia ni paradoja que valgan para explicar el rotundo éxito de Zinedine Zidane y sus casi 40 partidos invicto. Veinte de los cuales estuvo cerca o a nada de perder asfixiado por la espesura terminal de su futbol tosco.

No es que el Real Madrid viva en su propio mundo; es que el mundo se somete y adapta inexorablemente a las necesidades y caprichos del Real Madrid. Un equipo a la medida del desesperante 2016 que le dio tanto.

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