La contracolumna

El miedo a ganar, capítulo VI

Parecía que esta selección era diferente. Esta generación con campeones del mundo Sub 17 y campeones olímpicos era la llamada a romper paradigmas, dar un paso adelante, exorcizar al chamuco del cuarto partido. Pero es una más, como todas. A la selección de Mejía Barón, Jorge Campos y Luis García: madre de las selecciones ganadoras le ocurrió lo mismo en 1994. La espectacular selección de Lapuente, Cuauhtémoc y Luis Hernández pintaba para altos vuelos y se quedó en las mismas. La selección de La Volpe, Rafa Márquez y Borgetti fue la más estable de todas, la que tenía un estilo definido hasta que le llegó su hora, que fue la misma hora de todas las demás: ni muy temprano ni muy tarde.

Podemos contar muchas historias en estos 20 años, hechos puntuales, anécdotas determinantes y factores externos que se cruzaron en el camino: el no ingreso de Hugo contra Bulgaria, los penales fallados, el poste del Cabrito, el fallo garrafal de Luis Hernández, la mala marca de Lara, el homenaje a García Aspe, la subestimación a los gringos, el autogol de Borgetti, el golazo de Maxi Rodríguez, la titularidad del Bofo, el oso de Osorio, el fuera de lugar de Tévez... Ahora la memoria recién barnizada de 2014 nos ahoga en pena con la pintura fresca de los clavados de Robben, los cambios del Piojo y los goles como cuchillos de último minuto. Al final de cuentas todas estas historias tienen un común denominador: el miedo a ganar. Miedo que cada cuatro años en lugar de erradicarse no hace más que expandirse y alargar su ya kilométrica sombra.

Es importante entrar con todo a la cancha; es mejor salir con todo de ella. Es bueno proponer desde el minuto 1; es preferible hacerlo hasta el último. Está bien envolver y empaquetar al rival, sería mejor enviarlo a casa. Es adecuado trabajar un buen resultado, es primordial saber amarrarlo. Es importante jugar como nunca; es mejor ganar como siempre.

México ha terminado el Mundial en histórico décimo lugar. Nada mal para una selección que clasificó gracias a que la torpeza panameña, la camaradería estadounidense y la tronquez neozelandesa se alinearon en el cosmos para darnos el último boleto a tan entrañable justa. Gracias a todos ellos por permitirnos vivir, gozar y sufrir con la misma historia de siempre.

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