La contracolumna

¿Dracarys?

Pumas en las listas de Bora y Mejía Barón, Chivas en tiempos de La Volpe, Cruz Azul el día en que Aguirre salió al rescate y el América cuando Miguel Herrera nos salvó el pellejo. Hoy la base de la selección nacional es el FC Porto.Y así nos va.

Antes de la invasión mexicana, el Porto había dejado escapar apenas dos de las últimas 11 Ligas. Una competición en donde se enfrenta a dos instituciones grandes (Benfica y Sporting), un par de equipos pequeños (Braga y Guimaraes) y un resto de clubes casi invisibles, que promedian asistencias por debajo de los 4mil espectadores. Si de copas hablamos, el último año en blanco se había registrado en 1989. ¡25 temporadas seguidas levantando al menos un título...! Hasta que Héctor Herrera y compañía bloquearon las vitrinas.

Tampoco es que la apuesta por el mercado mexicano haya disparado la cifra de followers del Porto en redes sociales. Ni es que los niños de las secundarias mexicanas vayan uniformados con camisetas a rayas blancas y azules. Ni nadie se pega por transmitir los partidos del equipo. Los clubes que no ganan no entusiasman y mucho menos si son portugueses. Para muestra, su fantasmal aparición por los estadios de Cruz Azul y Chivas, que solo dejó asientos desocupados.

La carísima tienda del Porto fue durante una década la marca favorita de la aristocracia europea. Ahí donde los grandes clubes pagaban cifras ridículas por futbolistas con el Dragón en la etiqueta. Sin embargo, nadie pierde la cabeza por jugadores que no han ganado nada. Y hace rato que Chelsea y Benfica desplazaron al Porto como mejores vendedores del mundo.

El Porto no ha encontrado rentabilidad deportiva, mediática ni económica tras fichar a Herrera, Reyes, Layún, Corona, Govea y Gudiño. Dejó de ser Harvard y sus pasantes, lejos de graduarse con mención honorífica, parecen ya fósiles en un equipo acostumbrado a revender pronto lo que compra.

Para justificar la pérdida de protagonismo de los mexicanos del Porto se dijo, para variar, que el entrenador les tenía mala fe. Lo cierto es que el paradójicamente maléfico Nuno Espírito Santo se largó. Y su lugarteniente, el aclamado y carismático Segio Conceiçao parece haber heredado su criterio: Corona es el único que le sirve.

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