La contracolumna

"Capra aegagrus hircus"

Ser chiva es una desgracia. Cada minuto de tu existencia carece del menor sentido. Puede darte igual, pues la verdad no sientes la menor atracción hacia el género opuesto, pero tu vida sexual da pena. De hecho, la virginidad te define.

El problema de fondo es que ni tu madre te quiere. Aunque no lo sepas, esa es la razón principal por la que te hiciste chiva. Antes de serlo, cuando apenas dabas tus primeros pasos, tenías un lazo inquebrantable con ella. Pero eso quedó en el ayer, antes de que tu olor fuera tan repugnante.

Es en serio. Así lo determinó Carl Linneo, el semidesconocido que puso nombre a los animales. La cabra recién nacida ha de ser llamada cabrito y continuará siéndolo mientras le amamanten. Cuando para de mamar es tiempo de llamarla chiva, y chiva será mientras ande perdida sin ningún quehacer de provecho. El día en que esté en condiciones de procrear por fin será cabra... o cabrón. No es cosa mía, lo dicta la RAE en su condición de máxima autoridad en el uso de nuestra lengua. El zorro es listo; el puma, intrépido; el águila, audaz. La chiva es, siendo generosos, saltarina nomás.

Prosigamos. Si eres chiva, tu hábitat es el precipicio. Eres presa fácil del león, del tigre y del depredador que se apunte. Pero nadie te hace más daño que tu pastor, aquel que lucra exprimiéndote hasta la última gota de leche, queso, carne y por supuesto: merchandising.

Encima, en tu condición de chiva expiatoria, te echan la culpa de los mayores desastres alrededor del mundo. Desde que un estúpido equipo de beisbol pase 108 años sin salir campeón, nomás porque a una chiva ya en edad de procrear la echaron del estadio por apestosa, hasta que la mitad de los mexicanos llegue deprimida al trabajo cada tercer lunes.

Ayer, sin embargo, fue un día histórico para la especie. La Maldición de la Cabra es pasado. Bueno, al menos en la Ciudad de los Vientos. Porque al infortunio en la perla tapatía aún le queda cuerda. 

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