La contracolumna

El cáncer del América

De serbios como Dragoslav Sekularac, a croatas como Mirko Jozic. De gordos como Carlos Miloc, a flacos como Luis Fernando Tena. De cracks históricos como Paulo Roberto Falcao, a pobres diablos como Víctor Manuel Aguado. De zurdos como Migue Ángel López, a diestros como Carlos de los Cobos. De locos como Marcelo Bielsa y Ricardo La Volpe, a cabezones como Óscar Ruggeri y Juan Antonio Luna. De genios como Leo Beenhakker, a fracasados como Leo Beenhakker... 10 años después. De desconocidos como Jorge Castelli, a dioses como Carlos Reinoso. De pelones como Manuel Lapuente, a melenudos como Rubén Omar Romano. De capitanes como Alfredo Tena, a marineros como Gonzalo Farfán. De lunáticos como Mario Carrillo, a terrestres como Chucho Ramírez. De estafadores como Carlos Kiese, a farsantes como Ramón Díaz. De indios como Jorge Solari, a vaqueros como Gustavo Matosas. De graves como Alfio Basile, a agudos como Daniel Brailovsky. De ofensivos como Miguel Herrera, a defensivos como Antonio Mohamed. De guapos como todos los anteriores, a simpáticos como Nacho Ambriz.

Desde la marcha de Jorge Vieira en 1989, el América busca un entrenador digno de dirigirle durante cien miserables partidos de Liga. Y nomás no lo encuentra.

Las Águilas han cambiado 40 veces de timón desde entonces. Sí: 40 veces, no es hipérbole ni redondeo. ¿Culpa de un dueño visceral y caprichoso? ¿Responsabilidad de directivos alcahuetes y cortoplacistas? ¿Deuda de futbolistas que no están a la altura, ni sienten los colores de la camiseta? O ¿pecado de una afición y prensa desubicadas, que le exigen ser campeón, líder en las tablas de puntos y goles, amén de mandamás de las estadísticas abstractas: aquellas que miden a ojo de buen cubero el juego propositivo y ofensivo, y esperan los resultados cosechados en los ochenta de un equipo que hace lustros dejó de tener el plantel más lujoso del país?

La razón primordial por la que nadie puede trabajar en el América es la ceguera y el delirio crónico que padece el americanismo. El mayor problema del América es sentirse más grande de lo que indican las evidencias. 

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