La contracolumna

La bandera de Piqué (Lado A)

Aquí vamos. Cola kilométrica en el aeropuerto. Si hubiera una competencia de escoger la peor fila, yo sería campeón del mundo. Necesito agua para el largo vuelo, ¿¡seis dólares!?, ¿¡no hay Profeco en Estados Unidos!? Por fin encuentro una botella a cuatro dólares y medio, pero casi me cuesta perder el vuelo a Berlín vía Moscú. Soy el último en abordar. No hay ni la más remota posibilidad de que estos sentados en primera clase no sean gánsteres. ¡Wow, qué sabrosa! Inútil, ¡haz como que ves perdido al horizonte! ¿A quién se le ocurre mirar a la vieja de un millonario ruso? Esta película ya la vi, esta ya la vi, ya la vi, me da flojera, esta puede ser, esta no gracias, mmmh ¿Matrix? Dicen que está buena. ¡Achú! La chica de jeans rotos que tengo al lado no me dice salud. Neo ya me tiene hasta la madre, mejor voy a... zzzzzz. Me despierta el olor a comida, ¿que si quiero pollo o pescado? ¿Quién en su sano juicio puede desayunar pescado? ¡Guácala! La vecina de jeans rotos pide pescado. La ensaladita también tiene una rodaja de pescado, ¿qué les pasa a los rusos? A ver, probemos... mmmh, ¡está rico el pescadito! Regreso de cepillarme los dientes, la de jeans rotos me sonríe al cruce de miradas. Luego de diez horas de vuelo cualquier rusa alegre se pone guapa. ¿Me está coqueteando? Dile algo, Barak. No, ¿para qué güey?... tengo mujer e hija. Definitivamente, casarme ha sido el mejor pretexto para justificar mis joterías. ¿Qué hace tanta gente fuera del hotel con la camiseta del Fenerbahce? Aquí en Europa ni las cordiales señoritas de recepción te desean salud, y eso que estornudé tres veces en su cara. ¡Me lleva!, en el lobby está sentado José Ramón acompañado por su inseparable cara de nulos amigos. Por favor que no me vea entrar al elevador, que me ando meando, pero en serio...

Desde la ventana puedo ver a los turcos. En el hotel están hospedados Henry y otros del calibre, pero ellos vinieron a ver al brasileño Alex. Desde aquí arriba no son tan intimidantes como cuando pasé entre ellos. ¿Y si les grito: ¡Galata! por la ventana? Ya no seas infantil Barak, mejor lánzate por un gelato. ¿Puedo probar este? Gracias, ¿a ver este otro? ¿No? ¿Nada más uno? Alemanes. ¿Cuál es el punto de darte a probar un helado si luego no puedes comparar sabores antes de elegir? Mejor me largo. El metro se paga antes de abordar, no hay torniquetes. Bueno, entonces lo pago a la salida. Ahí está ese mamila de Fox Sports, se está haciendo buey para no saludarme, por supuesto que yo hago lo mismo. ¿Qué húbole? Nada, aquí, ¿y tú? Jajaja, jijiji. Media hora platicando camino al estadio, ese de Fox es a toda madre. Soy un naco, se me olvidó pagar el metro también a la salida. Veo a Palomo cojear camino al palco, me dice que se golpeó la rodilla, le respondo que me preocuparía si fuera Lionel Messi, no le gusta mi chiste. Salió a calentar antes la Juve. Mucho antes. Termina el calentamiento del Barcelona y Juventus sigue en el campo. Mal augurio. Los mosaicos que construyen los aficionados en las cabeceras están padres, pero siempre se ven mejor por la tele que en la vida real. Achú. Faitelson está en la cancha, tuiteando para variar. No debería quejarme, pero mi entrada está en la parte más aburrida del estadio: rodeado de fresas mexicanos, argentinos, estadounidenses y árabes que tuvieron boletos solo por trabajar en empresas a las que UEFA llama socios comerciales. Un niño de seis años y yo somos los únicos con camiseta del Barça en quince asientos a la redonda. Tampoco hay demasiadas de la Juve. El de adelante, eso sí, trae un espantoso jersey del Toluca autografiado ni más ni menos que por el mismísimo Conejito Brizuela. (Continuará...). 

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