La contracolumna

Salud

Dicen de él que es un bebedor nato. Un profesional de la botella con cierta propensión por jugar al futbol. Le gusta tanto pegarle a la pelota en sus ratos libres que hay días en los que es capaz de abandonar una pachanga para irse a entrenar con sus amigotes. Ha llegado al extremo, cuentan, de presentarse tarde a una parranda por andar jugando un partido de futbol.

Lo suyo es la cantina, tener a sus pies a las mujeres más bellas e interesadas, desvelarse pisteando al son de José Alfredo, consumir hat-tricks de tequila, mezcal y cerveza. Aunque a veces, Marco Fabián tiene sus recaídas. Como cuando le metió un par de golazos al Barça de Guardiola que dieron la vuelta al mundo.

Luego volvería al redil durante un par de años. Su rendimiento en la barra fue espectacular: arriba, abajo, al centro y pa’dentro. Jamás levantó tantas copas. Pero volvió a descarriarse en 2012, cuando en Londres fue el motor de la selección que conquistó la hazaña más importante en la historia del futbol mexicano. Tocó fondo. Parecía que las tabernas lo habían perdido para siempre, que su prometedora carrera como dipsómano se había truncado por culpa del maldito futbol.

Sin embargo Marquito resurgió de entre sus cenizas y con fuerza de voluntad le cerró la boca a todos los escépticos. Durante casi dos años estuvo curado. No permitió que el futbol lo distrajera más. Se dedicó en cuerpo y alma a la juerga. Se alejó del balón lo suficiente como para que su equipo de toda la vida le firmara el divorcio. La continuación de esta historia la conocen: las malas influencias lo hicieron volver a las andadas y desviarse hasta el extremo de ser llamado a la selección.

Probablemente cegado por la tentadora promesa de dos semanas con gastos pagados en Brasil, Marco se ha ganado su llamado a pulso. Quien lo conoce sabe que con tal de prolongar las noches de samba y caipirinhas por una semanita más, es capaz de todo. Incluso de llevarnos al quinto partido. 

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