La contracolumna

Romperredes

El único modo en que nuestros antepasados podían ver los goles de Isidro Lángara era acudir al estadio. La mayoría entonces sabía conformarse con reconstruir en su cabeza las acciones relatadas a través de las ondas radiales. Los no tan viejos simplemente habíamos de esperar al resumen de Acción cada domingo a las 6 de la tarde. E incluso los más mocosos aún recuerdan los tiempos en que debían poner SportsCenter para ver el gol que se habían perdido.

De un día para otro dejó de ser necesario hasta el sacrificio de meterse a YouTube. El gif de toda jugada que debemos ver ahora se reproduce automáticamente en nuestra timeline, previamente masticada para echarle un ojo mientras estamos en el semáforo. No vayamos a desgarrarnos el dedo índice haciendo clic al video.

Por eso no me tomé la molestia de madrugar para vibrar con las hazañas de Bolt en China, ni pagué un centavo por el fraude en turno del box, ni perdí mi tiempo investigando en dónde pasaban la pelea de Ronda Rousey. Mucho menos me chuté 90 minutos de algún partido de la Copa MX en espera de pescar una jugada grotesca que me hiciera terminar el día con una sonrisa. Vi goles de eventos tan millonariamente restringidos como la Champions y los Mundiales con tiempo de sobra antes de que mandaran a bajarlos por infringir las políticas de aquellos que pagan por los derechos. Nunca hasta el día de ayer me había demorado media hora en salirme con la mía para finalmente hallar el gol de un partido que enfrentaba a dos equipos de media tabla en la Liga alemana, jugada que al menos en Estados Unidos habían logrado bloquear por mar y tierra.

Un club gallego de un cuarto de pelo le da una épica zarandeada al Barcelona y el pánico no cunde. El tetracampeón de Italia se descarrila a 10 puntos del Inter y nadie se vuelve loco. Todo es parte del plan, diría el Guazón. Pero no vaya a ocurrírsele al Chicharito la puntada de meterle un gol al Mainz a esa misma hora de la tarde, porque entonces todos pierden la cabeza.

Si va a la banca, porque no juega. Si juega, porque no anota. Y si anota, porque fue de “churro”. No importa lo que haga, el pobre siempre sale perdiendo. Javier Hernández nació con el don de reventar las redes. A veces, hasta las de las porterías. 

 

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