La contracolumna

Promesas

William de Oliveira ni siquiera tiene página de Wikipedia. Fue el mejor jugador de la primera Copa del Mundo Sub 17 (1985) y aún espera por alguien que le honre con una monografía en la web.

Philip Osundo, Balón de Oro del siguiente Mundial (1987), jugó toda su carrera en la tercera división belga. La carrera profesional de su heredero James Will (1989) duró apenas ocho partidos.

Nii Lamptey, el cuarto ganador del Balón de Oro Sub 17 (1991), pasó de noche por las Ligas de Bélgica, Holanda, Inglaterra, Italia, Argentina, Turquía, Portugal, Alemania, China, Emiratos Árabes y Sudáfrica, antes de retirarse en su natal Ghana. Menos mundo, pero similar impacto en la historia tuvo la carrera del siguiente mejor jugador del Mundial para menores de 17 años: su compatriota Dan Addo (1993).

Mohammed el Kathiri (1995) nunca salió de Omán. Sergio Santamaría (1997) jugó seis partidos con el Barça antes de enfundarse en las gloriosas camisetas de Alzira, Antequera y Alhaurín Torre.

La primera historia de relativo éxito la encontramos hasta 1999: Landon se llamaba, Donovan su apellido. Cesc Fábregas (2003) y Tony Kroos (2007) son por ahora, los únicos niños en la historia que se instalaron en la élite tras ser galardonados como mejores futbolistas Sub 17. Sani Emmanuel (2009) y Julio Gómez (2011) en cambio, aún están a tiempo de retirarse y ponerse a estudiar antes de que sea demasiado tarde.

La experiencia dicta que no vale la pena ilusionarse con promesas. El camino es largo, lo normal es que no alcancen la cúspide. Y no necesariamente por falta de oportunidades, pues como hemos visto a lo largo de 15 Mundiales lo extraordinario es que aquellos que apuntan más alto logren consolidarse, cualquiera que sea su nacionalidad. Si Pablo López, Kevin Magaña, Claudio Zamudio, Francisco Venegas o Ulises Torres al final no la arman no será culpa de los naturalizados, sino de Charles Darwin.

Empachémonos hoy y ahora con su frescura, personalidad y gallardía. Celebremos sus éxitos como si fueran nuestros. Apoyémoslos, admirémoslos y deseémosles lo mejor. Pero no cometamos la imprudencia de exigirles que se hagan reales.


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