La contracolumna

Miau

Y pensar que de pequeño sentía que ir a misa era un calvario. ¡Cómo extrañaba José Luis Trejo aquellos domingos de su gris infancia! Y más cuando, maldita su suerte, le tocaba jugar como local. Un coctel de calor seco, surtido con un generoso rocío de orines y amenizado por una orquesta de amenazas de muerte y variopintas mentadas de madre integraban el pan que debía tragarse cada 15 días.

Si Dante Alighieri hubiera tenido la oportunidad de parase en el verdadero infierno -el del sur del Distrito Federal- ahí donde su tocayo incómodo falla goles cantados en punto de las 12; no hubiera tenido moral para escribir su obra maestra, reducida a libro vaquero comparada con la divina comedia que se escenifica un domingo cualquiera en CU.

Hubo una época en la que no era así. No vale invocar a los fantasmas de Luis Regueiro, Aarón Padilla o Enrique Borja que pateaban balones de cuero. Ni siquiera enredarse en las irrepetibles melenas de Hugo Sánchez, Leonardo Cuéllar, Juan José Muñante o Cabinho. Asumido está que el equipo formado por Jorge Campos, Claudio Suárez, Juan Carlos Vera, Tuca Ferretti y Luis García fue un milagro que ahora orilla al llanto. Hoy Pumas no tiene un solo jugador a quien colgarle la etiqueta de talentoso. Ni siquiera un futbolista carismático, uno solo, que sea lo suficientemente tentador como para levantarse y prender la tele, ya no digamos pagar por ir a verlo.

No busquen los resultados del Pumas sub 20 y sub 17 si no quieren morir de tristeza súbita. Lo imposible, en todo caso, es entender cómo un equipo tan inmisericordemente abandonado fue capaz de salir campeón hace seis y cuatro años. O acabar tercero en el Clausura pasado, dirigido por José Luis Trejo ni más ni menos.

Cambien su nombre por el de Mario Carrillo, Torres Servín o Joaquín del Olmo, da igual. En pocos meses el cáncer de Pumas ha sido rebautizado como Mahbub, García Aspe o Mario Trejo, que para honrar a la repugnante enfermedad, volvió hasta tres veces. Todos los acusados se largaron. Por irse, se fue hasta Pikolín para ver si consigo se llevaba la desventura a otro lado... Y se la llevó a Morelia, pero el Club Universidad sigue igual. A Pumas no le queda nada. Perdió futbol, identidad, amor propio y hasta a los pendejos a quienes echarle la culpa.  

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