La contracolumna

Falso "Messías"

Ni Götze, ni Neuer, ni Schweinsteiger. Ni siquiera Boateng, que de modo inverosímil resultó el mejor de todos en Maracaná. El protagonista de la noche fue Messi. No por meter gol, no por un desborde, ni por un tiro al palo. Simplemente por contradictorio: no puedes llamarte Lionel Messi y no hacer nada relevante en una final de Copa del Mundo.

Durante los primeros tres o cuatro partidos Messi fue un vulgar cerrajero. El equipo tenía problemas y aunque él era parte de éstos, al final, no sin tenernos siempre al borde de la desesperación y con la mirada clavada en el reloj; contra Bosnia, Irán, Nigeria y Suiza encontró la llave para abrir la chapa de la portería rival. No era lo que esperábamos, pero nos dábamos por conformes con sus servicios, esperando que con la práctica mejoraran. Lejos de eso, luego todo se hizo más complicado y contra las puertas de Bélgica, Holanda y Alemania el inútil cerrajero se empeñó en negar cualquier parentesco con el mejor futbolista de todos los tiempos.

La FIFA cree que somos idiotas. No hay otra manera de explicar el Balón de Oro otorgado a Messi. Ya puede mandar árbitros a acuchillar a Brasil para demostrar que no había intención alguna de favorecer al anfitrión, que su credibilidad seguirá en cero por querer tomarnos el pelo de modo tan descarado. Y a quien más daño le hace es justamente a Messi. Más vale fracasar en el intento de ser el mejor que recibir un reconocimiento regalado. FIFA no sólo cometió el agravio de ignorar a campeones como Lahm, Schweinsteiger o Müller. No sólo fue injusta con héroes que enaltecieron su Copa como James, Robben y Navas. FIFA convirtió a Messi en un intruso, en un mantenido por el establishment, lo exhibió como un producto de la propaganda, más cercano a la ciencia ficción que a la realidad. Si Messi hubiera tenido la mente despejada (si es que alguna vez la ha tenido) no habría aceptado el regalito: ni le gusta, ni lo necesita y sólo lo hace cómplice de tan lamentable mafia…

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