La contracolumna

El caballero de la noche

Veintidós párpados se habían resistido a cerrarse durante 10 meses de competición. Con 89 minutos jugados en el partido final de Lisboa, las maltrechas pestañas de Diego Godín dijeron no más. Sergio Ramos se adelantó a la marca del uruguayo y el Atlético de Madrid, en una sola desatención de uno solo de sus integrantes dejó escapar su Copa de Europa. Pero no para siempre. Esa Champions era suya y la alzarán al cielo, aunque sea con dos años de retraso.

En la vida se dicen sandeces de toda índole, disfrazadas de axiomas. Los comunicadores deportivos somos eruditos en esos menesteres. Propagar que nadie, aparte de Real Madrid y Barcelona, volvería a ser campeón en España parecía una profecía muy obvia, dada las siderales distancias económicas respecto al resto. Nadie contaba con el Messi de los entrenadores: motivador como Klopp, pragmático como Mourinho, perfeccionista como Guardiola, chorero como Bielsa.

Y encima, nigromante como Melisandre. Fernando Torres era un zombi. No quedaba ni rastro de la velocidad, intuición y puntería que lo consagraron como el delantero más cotizado del orbe hace un lustro. Y entonces Diego Simeone le arregló el cerebro, como a todos los demás. Con un presupuesto que depende de la venta anual de sus figuras, el Cholo construye y reconstruye, vence y convence, coge y recoge.

Cada gran actuación de Ñíguez, Griezmann o Koke les aleja un poco más del club. "¿Por qué tuviste que inventarte semejante gol, Saúl...?", reflexionarán los fanáticos rojiblancos. "...Si fueras un poquito más discreto, como Juanfran o Gabi, a lo mejor no te marcharías nunca. Pero ahora te conocen todos y nos obligarás a ponerte moño, como a Agüero, Falcao, Diego Costa, Turán...".

Desde que llegó Simeone, el Atlético ha ingresado 413 millones de euros por sus mejores futbolistas (Courtois y Diego fueron cesiones que nunca pertenecieron al club) y ha gastado 35 millones menos en los cimientos que forman el rocoso bloque que todos quieren y solo ellos tienen.

Aunque abandere un estilo tan asociado a la despreciable especie de los roedores, Simeone le ha hecho un invaluable favor a un deporte que se había vuelto más predecible que la lucha libre. Sin el modelo de su Atlético, probablemente nunca se hubiera echado a soñar un Leicester City basado en la solidaridad, el esfuerzo y el rigor táctico que hoy se rebelan ante las leyes del malvado futbol moderno. Y todo gracias a este héroe que, como Bruno Díaz, siempre viste de negro.


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