La contracolumna

Brasil es pasado

Alemania, México y Suiza tienen mejores porteros. España, Italia y Uruguay cuentan con defensas de mayor calidad. Colombia, Croacia y Francia lo superan en producción de cracks del mediocampo. Argentina, Bélgica e Inglaterra están a años luz en materia de delanteros. Para acabar pronto, únicamente tres brasileños pueden reclamar un lugar entre los 100 mejores futbolistas del mundo: Marcelo, Douglas y Neymar.

Sin embargo, su profeta es un chico mimado y egoísta, más pendiente del último grito del exhibicionismo que de liderar a una selección decadente, en la que se le supone capitán del barco a la deriva. Cuando se lesionó en el Mundial, huyó. Cuando lo echaron de la Copa América, huyó. Cuando lo liberaron de la Centenario, ni amagó con acercarse. Para acabar, Neymar no ha metido ningún gol en una eliminatoria en la que, jugado ya un tercio de los partidos, Brasil está fuera de Rusia 2018.

Desde que La Canarinha ganó el Mundial de 2002,no ha quitado el pie del acelerador... ni tampoco movido la palanca de la reversa. Su primera decisión por entonces fue retornar a un técnico caduco como Zagallo. Como no funcionó, regresó a Parreira. Ante el predecible fracaso, llamó a Dunga. Las cosas salieron mal y volvió a ponerse en las manotas de Scolari. Pasó lo que tenía que pasar y entonces no se le ocurrió nada mejor que mirar atrás y traer de nuevo a Dunga.

Brasil no tiene escuela, ni estilo, ni plan a seguir. Su Jogo Bonito ha sido excepción más que regla. Apareció fugazmente en dos mundiales más o menos recientes (México 70 y España 82) para no volver jamás. En Brasil no ha nacido un entrenador medianamente brillante desde Telé Santana, pero ni la carnicería padecida en su Mundial pudo orillarle a, de una vez por todas, mirar hacia afuera y buscarse a un técnico de vanguardia en el extranjero.

Paralelamente, ha dejado de producir talento. Histórico dominador de los certámenes con límite de edad, ha ganado apenas uno de los doce Mundiales Sub 17 y Sub 20 más recientes.

Brasil es dolor y nostalgia. Desesperación y tristeza. Frustración y drama. Pero antes que cualquier otra cosa, Brasil es pasado. 

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