La contracolumna

El América y yo

El Loco Valdés tendría que hacerme los mandados. Carlos Reinoso debería parar de autoproclamarse americanista número uno y cederme sin reservas tamaño deshonor. A mi lado, el Burro Van Rankin, Jesús Ochoa, García Toraño y toda esa bola de orates habrían de parecer aficionados de Chivas, si no fuera tan insensible e ingrato. Me llamo Barak Fever y esta es mi historia:

El Club América me resolvió la vida. No, no solo cambió mi suerte... me solucionó la existencia para todos los efectos. Sí, estoy consciente de que mi barriga es una de las miles de beneficiarias del sustento que el hoy centenario club ha aportado a este oficio. Sobre todo en casos como el mío: típico Azteco egresado de esa cuna de resentimiento antiamericanista, cuyo prócer es José Ramón Fernández. Pero los tiros no van por ahí.

Mis días no empiezan un 27 de agosto de 1981 como reza Wikipedia; sino un martes cualquiera a mediados de octubre del quinto año del presente milenio...

“—¿Vas a ir a la fiesta?—me preguntó Ruth, desconcentrándome de mis labores en la oficina—. ¿Por qué no? ¡Es de disfraces, va a estar padrísimo!”. Le expliqué que odiaba las fiestas. Pero ella insistió en hacerme perder el tiempo. “—¿Quieres que vaya?— la reté para sacármela de encima. Entonces consígueme mi disfraz, pero tiene que ser... (bajé la voz para que nadie oyera)”.

“—¡Ya está!— me saludó Ruth dos días después—. ¿Cómo que de qué te estoy hablando, Barak? ¿No me dijiste que le pidiera a mi papá la botarga? La traigo en la cajuela, ¿la vas a querer o no?”.

Desconozco qué cara se le puso al pobre del utilero cuando el padre de Ruth, entrenador del América por aquellos tiempos, le puso en semejantes aprietos. El caso es que aquel viernes, la fortachona aguilucha fue el MVP de aquella noche, opacando al finísimo Martinoli, disfrazado de condón y al anfitrión Sepu, caracterizado como Chico Che. Por única vez fui el alma de la fiesta.

Constaté en plumaje propio el magnetismo que genera el club. La mitad de los presentes se rindió a mis pies, la otra mitad me despreció genuinamente. Las botargas no hablan, así que nadie supo quién estaba debajo de tan mamado personaje.

Cuando al fin me quité la cabeza, ya era demasiado tarde para Lorena, la descomunal mujer que tuvo que dar por buenos mis huesitos. Poco después nos asociamos para crear a Judith, la mejor hija de todos los tiempos. 

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