La contracolumna

1993

Los ricos del salón acudían a la enciclopedia Encarta, ancestral tatarabuela de Wikipedia. El resto estábamos orillados a convivir con nuestros padres para consultarles dudas que Google, en caso de existir, nos habría aclarado con mucha mayor rapidez, credibilidad y eficiencia. Por entonces la Copa América era el gran acontecimiento embrutecedor de masas, apenas detrás del Mundial.

Los niños normales le pedían un Game Boy a Santa, mientras los menos superficiales nos contentábamos con ver cumplir nuestro sueño de ser invitados a la Copa Libertadores. José Ramón reiteraba en el 13 que eso era justo lo que necesitaba el futbol mexicano para crecer y yo no era quién para negarme a adoptar su cantaleta a ritmo de meeh.

Con la naturalidad con la que iPhone o Facebook se instalaron en nuestras ingrávidas necesidades básicas, alquilarle un lugarcito a Conmebol se hizo rutinario. A Santos Laguna le robaron inauditamente en cancha de River, el técnico de Boca escupió en el rostro a la figura de Chivas, Conmebol le cambió el reglamento a media final al América y discriminó a Guadalajara y San Luis como focos de influenza, entre otros sistemáticos atentados a la dignidad del futbol mexicano en los últimos 21 años.

No salió en el Esto, pero del otro lado del mundo, Kazajistán se largó de Asia para mudarse a Europa en 2002. Tres años después Australia abandonó Oceanía. La emancipación continental no es un fenómeno extraordinario en el futbol: apenas se requiere convencimiento para desatar el cordón umbilical de la geografía. Si naciones sudamericanas como Guyana y Surinam juegan en Concacaf, ¿por qué México nunca intentó afiliarse a Conmebol? Por miedo. Y por dinero.

Paraguay, Uruguay, Perú y Venezuela; San Lorenzo, Bolívar, Defensor Sporting y Nacional de Asunción. Los célebres semifinalistas de las últimas ediciones de Copa América y Libertadores nos llevan a intuir que Conmebol ya no es lo que era. En lugar de dar un golpe autoritario, México optó por reservar a sus mejores equipos para disputar la Concachampions y apartar a su mejor selección para la Copa Oro. Ha elegido enterrar el prestigio cosechado en Sudamérica. Y ni siquiera tiene los pantalones de romper con Conmebol en una relación que ya no va a ningún lado.

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