Columna Invitada

¿Lo que no dice el marcador?

Para el Maestro Aurelio Nuño.

Veinte mil personas abarrotaron el viernes el Palacio de los Deportes para ver un partido de basquetbol entre la selección de México y la de Argentina. Televisa, después de muchos años, decidió trasmitir por televisión abierta un partido de un deporte distinto al futbol y en horario estelar.

Millones de mexicanos vivieron en sus casas el dramatismo que implica un juego que en teoría refería un abismo entre los dos contendientes: un equipo clasificado entre los primeros del mundo y campeón olímpico en 2004 contra una selección que no califica a los Juegos Olímpicos desde hace 40 años.

El partido tenía mucho en juego: el pase directo a la olimpiada de Río de Janeiro el próximo año. En el papel, hace cinco meses, nadie hubiera apostado un centavo porque México pudiera estar disputando ese partido semifinal, máxime si esto implicaba derrotar a países como República Dominicana, Brasil, Panamá, Uruguay, Puerto Rico, Venezuela y hasta la propia Argentina en la fase de grupos.

Y contra todos los pronósticos, uno a uno fueron cayendo. Terminando la fase de grupos, México tenía el mismo récord de Canadá y Argentina: siete ganados por un perdido. Solo se había perdido con Canadá en un partido en donde se decidió darle descanso a los jugadores ante el cúmulo de lesionados y el tremendo desgaste físico que supone jugar nueve partidos en once días.

En el juego semifinal, durante 37 de los 40 minutos el partido se disputó de tú a tú. Era imposible descifrar quién iba a ganar. Faltando menos de tres minutos, Jorge Gutiérrez, nuestro único jugador NBA, fue expulsado por faltas. Gustavo Ayón, nuestro jugador emblemático, aquel que apenas 48 horas antes había encestado la máxima cifra de puntos en toda su carrera profesional contra Argentina (38) y campeón con el Real Madrid en Europa, se quedó sin físico ante la fatiga que supone ser el único poste durante todo el partido, sin margen para salir a la banca a descansar.

Pero no solo eso. Orlando Méndez, nuestro movedor de pelota que encestó 24 puntos ante Dominicana, no pudo recuperarse de la lesión que lo alejó del torneo desde el inicio del segundo partido ante Brasil y únicamente pudo jugar menos de dos minutos para volverse a resentir de su lesión.

Al final, todo esto, aunado a la experiencia y oficio de Argentina, volteó el marcador definitivo a favor de los ex campeones olímpicos. Al terminar el partido, todos pensamos que esos últimos 180 segundos nos separaron de la gloria olímpica.

En los vestidores todo fueron lágrimas, desasosiego y frustración. El desgaste emocional, físico y mental no había sido suficiente. Veinte mil personas habían asistido al estadio y les habíamos fallado a todos aquellos que soñaban con ver a nuestra selección en una olimpiada después de 40 años.

Debo reconocer que como nuestros 12 guerreros, me sentí frustrado aquel viernes. Traer a Sergio Valdeomillos, lograr el regreso de Ayón, hacer hasta lo imposible por jugar en el Palacio de los Deportes moviendo varios conciertos, y muchos aspectos administrativos más, había sido infructuoso para conseguir el objetivo. Pero nos insertamos tanto en lo que pasaba dentro de la cancha, que dejamos de ver lo que había pasado afuera.

En solo dos semanas, apellidos como Stoll, Toscano, Gutiérrez, Cruz, Méndez, Hernández, se convirtieron en los nuevos ídolos del deporte mexicano. El basquetbol desplazó por instantes al futbol, y un gigante dormido despertó la conciencia de millones de aficionados en todo el país.

Cuatro meses de preparación después de una separación entre los propios jugadores y un gran entrenador fueron suficientes para generar este fenómeno, pero a la vez insuficientes para dotar a nuestros jugadores (sobre todo a aquellos que juegan en la liga mexicana de baloncesto) de una preparación física de excelencia para llevar sus cuerpos al límite en 11 partidos en donde cada uno sería una final.

Cuatro meses fueron suficientes para unirnos como una gran familia, pero insuficientes para que nuestros jugadores pudieran arrogarse de ese colmillo que te da jugar unos 50 partidos del nivel, la adrenalina y el alto grado de dificultad que supuso el juego del viernes contra Argentina.

Solo Andrés Nocioni y Luis Scola tienen el antecedente de ser campeones olímpicos, y han enfrentado más partidos de este nivel que toda la selección mexicana junta. Aún así, cuando nos vencieron celebraron como la más grande hazaña que hubieran podido lograr.

Como anécdota, veinte mil almas sufrimos y vivimos el desasosiego que supone la derrota en la antesala de la gloria. Pero después de horas de reflexión creo que es el momento de poner todo en su justa balanza y analizar, ya no lo que se hizo, sino lo que tenemos qué hacer hacia el futuro inmediato.

El repechaje supone un reto previo a la justa olímpica. Considero que es un buen objetivo porque ahora es medirnos con países de otros continentes. Tenemos el antecedente de que a los ahora calificados a los Juegos Olímpicos, como Argentina y Venezuela, a ambos se les venció; y a Canadá, con todo y sus nueve jugadores NBA (incluyendo al Novato del Año), se perdió por un punto en la última jugada del partido.

La única salvedad para pedir la sede del repechaje sería el cariño y la entrega de la gente. Jugar en el extranjero puede ser un buen reto. Un alto funcionario de Francia me comentó el día del juego por el tercer lugar que cada día se sorprendía más por la entrega de la gente: "En Francia hubiera sido impensable meter a diez mil personas en un estadio por un tercer lugar que no representaba nada."

Sergio Valdeomillos seguirá siendo el técnico de la selección nacional. Debemos fortalecer –sino es que reconstruir- nuestra pequeña liga profesional de baloncesto, y debemos buscar un espacio para que México tenga un lugar en la liga de ascenso de la NBA que se juega en Estados Unidos.

En paralelo, debemos reclutar a mexicanos residentes en Estados Unidos que sean menores de 16 años para poder registrarlos como jugadores mexicanos. Esto requiere un scouting serio y profundo por parte del staff de coacheo de Sergio.

De igual forma, es importante darles un mayor seguimiento a las selecciones menores, y a cada competencia internacional que pueda aportar esos minutos de experiencia y "colmillo" que tanta falta hacen al equipo mexicano en los segundos finales.

Al final de esta batalla me quedo con una gran satisfacción y muy orgulloso de todo el equipo mexicano que participó en el Preolímpico. En estas dos semanas se logró el récord mundial de asistencia para cualquier evento que organice la Federación Internacional de Basquetbol (FIBA), pero sobre todo, el gigante dormido, despertó. Ahí está. Ahora nuestra obligación es mantenerlo más vivo que nunca.

La calificación a Río, ahora con nueve meses de preparación se va a dar. Porque en sí, no serán nueve, sino más de un año en donde una familia de doce guerreros se reencontró con sí misma y con el cariño de la gente. No los vamos a dejar solos. Gracias a todo este equipo comandando por Sergio por estas dos semanas de grandes lecciones y alegrías. Felicidades a todos. Son nuestros héroes.