Columna invitada

Su Majestad Federer

Para la pequeña Michelle


Para los amantes del tenis la final de ayer entre Roger Federer y Rafael Nadal pasará a la historia como una de las mejores de todos los tiempos. Sí, por su nivel de juego en el quinto set, pero sobre todo, por lo que significaba para cada uno ganar ese partido.

Para Federer representaba ganar un Grand Slam después de 14 años de lograr el primero (Wimbledon 2003), algo prácticamente irrepetible para cualquier tenista. Y para Rafael Nadal representaba ser el único tenista en la historia en ganar al menos dos veces cada uno de los cuatro Grand Slams, en superficies diferentes.

Pero sobre todo para ambos volver a ganar un Grand Slam representaba romper una sequía de cinco y tres años, de no alzar un grande (Roger no ganaba desde Wimbledon 2012 y Nadal desde Roland Garros 2014; no obstante que desde el 2003 a la fecha entre los dos habían ganado 31).

Federer venía de seis meses sin jugar, era el sembrado 17, su ranking más bajo en 14 años (igual que Pete Sampras cuando ganó su último US Open en 2002), tenía una década de no ganarle a Rafa una final de Slam (la de ayer fue la novena), todo esto sin contar con sus 35 años de edad.

Con todos estos antecedentes, con un Nadal ganando de manera contundente el cuarto set y con un marcador de 2-0 en el quinto y con punto para irse 3-0 en el último set, ni el más ferviente admirador de Roger pensó que el suizo iba a hacer la grande, pero Federer le demostró al mundo que ayer fue el mejor estratega y se dosificó durante cuatro sets, para vaciarse en el quinto y definitivo.

Roger sabía que nadie sobrevive a un intercambio de peloteo con Nadal, y por ello su apuesta fue jugar a matar o morir desde el inicio. Solo así se puede entender que haya tenido 73 winners, por 35 de Nadal, aunque el jugar al límite lo llevó a cometer más del doble de errores no forzados que Rafa (57 por 28 del español).

Si en el 2012 Nadal jugó casi seis horas de partido contra Djokovic, y dos días antes de esta final jugó casi cinco horas contra Dimitrov, en esta ocasión apenas pasaban de las dos horas y media de partido cuando ya estaban jugando el quinto set (en Londres 2012 en un partido a dos de tres sets, Federer y Del Potro jugaron 4 horas y 26 minutos).

Y entonces vino la magia, como en el 40-40 iguales del 4-3 del último set, en donde intercambiaron 26 veces la bola, antes que Roger hiciera un winner con una derecha recta; no obstante que Nadal colocó todos sus golpes al fondo de la cancha y lo trajo de un lado para otro.

Diez minutos antes Nadal, España, el estadio y el mundo del tenis sentían y vislumbraban a un Rafa levantando su trofeo 15 de Grand Slam. Después de ese punto, todos comprendimos que Nadal no iba a perder, pero que Roger Federer podía y quería ganar, pero sobre todo, que tenía con qué.

Así, después de 17 años de ganarle a Michael Chang su primer partido de Grand Slam en la propia Australia, Roger Federer se coronó de nuevo en Melbourne y alzó su título 18, después de vencer a cuatro Top 10.

Además, se convirtió en el primer tenista en la historia en ganar cinco o más títulos en tres de los cuatro Grand Slam, es el primer jugador en llegar a 100 partidos jugados en Australia, y es el campeón de mayor edad en ganar en los últimos 45 años.

En la premiación, Roger le dijo a Nadal y al mundo: “El tenis es un deporte difícil, no hay empates, pero si hubiera, realmente estaría feliz de aceptar uno con Rafa esta noche”.

Nadal lucía frustrado, era una derrota dolorosa, pero había regresado a su mejor nivel.

Estoy seguro que tanto su papá, como su tío Toni y Carlos Moyá le dirán que debería sentirse orgulloso de haber sido el más digno rival para la victoria más épica y representativa de los últimos años en el tenis profesional. Al final, Aquiles necesitaba a Héctor, y Federer lo encontró en Nadal.  

@ACC_Castillo