Columna invitada

La clase en el deporte

Para Octavio “El Pollo” Lara


El domingo pasado, Juan Martín del Potro derrotó a Roger Federer en la final del Masters 1000 de Indian Wells. La nota podría ser la primera victoria del argentino en un torneo de este tipo, por 27 que ostenta el suizo; podría ser también la primera derrota de Roger en 2018, pero al final, más allá de las estadísticas, fue el comportamiento dentro de la cancha del tenista número uno del mundo.

Efectivamente, más allá de la derrota, creo que Federer perdió más que una final o un partido: Roger nos enseñó una faceta que nadie le conocía, al menos en los últimos 20 años, cuando durante el desenlace del segundo set, le dijo algunas palabras al juez de silla, además de reclamar las marcaciones de los jueces de línea, vociferar entre punto y punto, tirarle un bolazo a Del Potro al cuerpo cuando tenía toda la cancha libre, y lo que me sorprende más: pegarle con su raqueta al piso, señalando dónde había botado un saque del argentino, cuando la repetición mostró que había sido 20 centímetros antes y dentro, respecto a lo que Roger pretendió marcar.

Señalar lo anterior no significa que pretenda ejercer una crítica desmedida por un mal día, porque a cualquiera le puede pasar, pero lo que sí sorprende es que lo haya hecho el tenista más cerebral y caballeroso de la historia moderna. Puedo entenderlo de un joven de 20 años como Alexander Zverev, o en su momento de un John McEnroe o de un Andre Agassi en su época de rebelde, pero nunca del tenista que en algún momento fue considerado como la personalidad pública de más confianza después del Papa.

Roger no se ha disculpado por su comportamiento, y probablemente no tenga por qué hacerlo, pero la lección que nos ha dejado es que en el deporte la mente y el carácter están muy por encima de las destrezas y habilidades (algunos le llaman talento) que posea un jugador. Y que en muchas ocasiones, no importa que seas el número uno del mundo en tu rama, igual te puede pasar; más aun, te puede suceder si estás considerado como el mejor deportista de la historia en tu campo, en pocas palabras: una leyenda viva.

Por eso considero que lo sucedido a Federer este fin de semana tiene un costo adicional del que tendría para cualquier otro tenista, incluyendo a Rafael Nadal, Roger es la imagen intachable de múltiples patrocinadores y hoy por hoy es el favorito de la afición y de los organizadores de cualquier torneo (el Abierto de Acapulco, no obstante que tenía a seis de los primeros 10 del ranking mundial, lo quiso traer para su 25 aniversario y no lo logró).

Ahora Federer viaja a Miami a defender su título del año pasado, aunque parte como gran favorito, debemos señalar que en todo el año que tenía de invicto, solo había enfrentado a tres tenistas entre los primeros 10 del ranking mundial y en finales (Marin Cilic en Australia, Grigor Dimitrov en Rotterdam y Del Potro en Indian Wells).

Por citar un ejemplo, el argentino para ganar en Acapulco tuvo que ganarle a tres Top 10 (Thiem, Zverev y Anderson). Federer para llegar a la final de Indian Wells tuvo como máximo oponente al 26 del mundo (Hyeon Chung), además de Delbonis, Krajinovic, Chardy y Coric.

Esto nos dice que con un cuadro más complicado, Federer tendrá que dar más de lo que ofreció en Indian Wells para llegar a la final, pero más allá que gane o no en Miami, lo más importante para Roger, desde mi punto de vista, será volver a su comportamiento habitual de caballero dentro y fuera de la cancha, para que lo vivido en Indian Wells quede solo como una anécdota.

Antes cuando fallabas una bola y gritabas o hacías un aspaviento te decían: ‘El tenis es el deporte por excelencia de la caballerosidad, ve a Federer, ¿cuándo lo has visto gritar o enojarse?’. Hoy, tal vez, necesitamos encontrar otro ejemplo de caballerosidad inmaculada. 

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