Columna invitada

¿Conade vs. federaciones?

Para todos aquellos que aman el deporte.

 

Desde que tengo memoria los éxitos deportivos en nuestro país han sido atribuidos más al talento personal, a la lucha ante la adversidad de un atleta, al esfuerzo de su familia, al patrocinio de un particular o, en todo caso, a la oportunidad de haberse desarrollado en el extranjero.

Pocos consideran que el Estado haya incidido de manera importante en la creación de un atleta que sea referente a nivel internacional. En nuestro caso, desde hace muchos años cedimos esta batuta a las federaciones, entes privados que regulan cada una de las disciplinas deportivas que dicen representar. Hay algunas muy buenas que han obtenido resultados importantes con poco presupuesto, y hay otras que están subordinadas a los arbitrios de su presidente y sus aliados en asociaciones estatales.

En el contacto que he tenido con diversos Ministerios del Deporte durante los Juegos Panamericanos, los países más avanzados tienen un referente común: el Estado supervisa que las federaciones realicen bien su trabajo: desde su propia constitución, pasando por el otorgamiento de recursos públicos, hasta el punto de exigir resultados concretos para poder seguir apoyándolas con recursos de los contribuyentes.

Hay países que incluso llegan a temas de mayor trascendencia como la autonomía del propio Ministerio del Deporte, así como incentivos fiscales para quienes inviertan en infraestructura, mantenimiento y otros temas relacionados con el deporte.

Brasil, potencia parapanamericana en los Juegos de Toronto, tiene un estímulo en donde el 0.1 por ciento de lo que se obtiene por la lotería nacional se destina a los atletas adaptados. Su resultado es evidente. En estos Juegos Brasil estuvo en primer lugar, muy por encima del propio anfitrión, Canadá, así como de Estados Unidos y México.

Colombia, país que en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96 lo más que obtuvo fue un octavo lugar en una prueba de tiro con arco, cerró estos últimos Juegos de Toronto con 27 oros, producto de una política pública enfocada en el deporte.

Los colombianos empezaron a invertir en el deporte, en la recuperación de espacios públicos con una sola finalidad en un inicio: no querían más jóvenes sicarios, no querían otro Pablo Escobar, no querían más violencia.

Hoy, Colombia cuenta con un Ministerio del Deporte el cual goza de plena autonomía (en México, la Conade es uno de los 82 organismos desconcentrados que tiene la Secretaría de Educación Pública), además, este país sudamericano, otorga incentivos fiscales a quienes invierten en el deporte y tienen perfectamente regulado los estímulos que reciben sus atletas por cada competencia: desde Centroamericanos, Panamericanos y Olímpicos, hasta otros campeonatos continentales o mundiales.

En México, nuestras federaciones han sido prácticamente inmaculadas en las últimas décadas. Viven del presupuesto público (salvo la Federación Mexicana de Futbol) y no reportan ningún resultado, salvo a sus agremiados.

Cuando llegué a la Conade, las federaciones no habían comprobado casi 300 millones de pesos. Si no rendían cuenta de sus resultados, ¿por qué habrían de hacerlo con los recursos de los contribuyentes?

Las federaciones solo pedían dinero y como Conade lo otorgaba y no supervisaba su comprobación, ni evaluaba el resultado de dicho ejercicio presupuestal, se hizo una costumbre el tener campamentos absurdos; como solicitar uno en París en verano, cuando la competencia sería en el frío, y otro bajo la lluvia de Copenhague.

Se tenía el centro de alto rendimiento de Londres, antecedente previo de los Olímpicos de Londres, el cual no representaría gasto adicional para el Estado Mexicano, pero para los federativos era mejor pedir gastos para hoteles en lugares a los que éstos querían viajar, o conocer.

Y en ese ánimo de justificar gastos, encontramos facturas falsas, empresas fantasma y muchas otras irregularidades. Llegamos al extremo de encontrar actas protocolizadas antes de la fecha de su realización. Pero si el Estado Mexicano quiere intervenir, inmediatamente brincan las federaciones aludiendo a la Carta Olímpica o al principio de no intervención por parte del Estado.

Si las federaciones no quieren la intervención del Estado, entonces deberán convertirse en sociedades mercantiles y generar sus propios ingresos y dejar de fingir que son asociaciones sin fines de lucro, cuando tenemos dirigentes que se han enriquecido a costa de los atletas durante décadas.

Si los presidentes de federaciones se quieren perpetuar en el cargo por décadas -no obstante la falta de resultados en competencias-, entonces empecemos por atribuirle la responsabilidad a éstas y no al Estado cuando se fracasa.

Hay federaciones que solo han dado muestras evidentes de retroceso y llevan en el cargo décadas. Hay federaciones que castigan al atleta cuando alza la voz en ejercicio de su derecho de libertad de expresión.

Para estos federativos, el Estado tiene la “obligación” de otorgarle recursos, pero el Estado no puede intervenir en lo más mínimo en sus criterios de selección, en sus lugares de entrenamiento, en la designación de sus entrenadores o en las competencias en las que van a participar.

Cuando el Estado ha querido “intervenir” o “incidir” en estos temas, inmediatamente se alude a la Carta Olímpica, a la autonomía del deporte federado.

Pero cuando las federaciones incumplen con uniformes, con pagos a entrenadores, cuando tienen que recortar personal, entonces inmediatamente se dice que es culpa del Estado.

Si mantenemos este mismo esquema estamos condenados a seguir sobreviviendo del talento de los atletas y del esfuerzo mayúsculo de sus familias para poder lograr el sueño de la victoria a nivel internacional.

Bajo esta premisa, Conade tiene dos opciones: seguir dando recursos para no ser “atacado” por los intereses de muchos; o tomar el “toro por los cuernos” y entrarle a fondo a este tema. Hemos optado por lo segundo.

Conade no volverá a sufragar un solo evento, viaje, campamento o competencia que no esté aprobado por nuestra área de Alto Rendimiento.

Estas decisiones estarán sustentadas en su programa anual de trabajo y en la evaluación de sus resultados. Se acabó cualquier evento basado en intereses comerciales o en la recreación de algunos dirigentes.

Si queremos trascender, tenemos que competir en el exterior, pero construir en el interior. Debemos recuperar instalaciones que requieren únicamente de mantenimiento y que hoy están en el abandono. Necesitamos entrenadores de calidad que formen más entrenadores. Requerimos más metodólogos, fisioterapeutas y psicólogos de primera que campamentos de segunda.

No se necesita inventar el agua caliente para darnos cuenta de lo que se tiene que hacer. En Conade lo tenemos claro. Los grandes cambios generan resistencias. Las vamos a tener.

Ya empezamos. No vamos a desistir.