El rincón de Rufo

El Mundial de la monarquía


Una Copa del Mundo más que se va y, como siempre, dejara anécdotas para cada uno de nosotros, ya sea como asistentes o sencillamente viéndola en el televisor.

 Lo cierto es que la Copa del Mundo se convirtió hace ya muchos años en un espectáculo reservado para las clases acomodadas del planeta; asistir como aficionado es algo prácticamente imposible para un simple mortal.

 Antes, y pongo como ejemplo el Mundial México 86, (sí, ya hace muchos ayeres a mí me tocó asistir como aficionado) para esa Copa del Mundo, junte mí dinero, hice mi alcancía y fui al banco donde vendían los boletos; para entonces, la única condicionante fue comprar la serie completa de entradas para la sede, en mi caso, la Ciudad de México, así que compré la tira completa de boletos para ver todos los juegos en el Azteca y Ciudad Universitaria; la fortuna me acompañó, ya que me fue posible ver los juegos de México y el camino de Argentina rumbo al título, incluida la Gran Final…

Pensar en eso el día de hoy es algo utópico, una fantasía, que un joven de 15 años vaya a comprar sus boletos para el Mundial es una situación que jamás va a verse en estos eventos.

Hoy, para obtener un boleto para una Copa del Mundo es necesario entrar a la página oficial de la FIFA, hacer una solicitud de entradas; contar con tarjeta de crédito y, después de eso, mantener prendidas las veladoras y cientos de oraciones para que el organismo rector del futbol acepte la petición y uno pueda ser considerado para comprar un boleto.

Como eso no funcionó, y el aficionado aún tiene el deseo de asistir al evento, ahora, a pagarse el vuelo, el hospedaje y contar con el capital suficiente para poder sufragar los gastos brutalmente alterados por el país anfitrión.

Volvamos al ejemplo: Quien quiere obtener las entradas es un aficionado que reside en la localidad en la que se llevara a cabo el Mundial, ya que la FIFA no le aceptó para comprar una entrada; la única esperanza que queda es acercarse a la reventa y tratar de adquirir una…

¡No, bueno! Pues ya resultó peor el asunto. Ahí, las localidades se cotizan según el partido. Pensemos en un juego de la selección francesa para la primera ronda, esos están alrededor de los 500 dólares y ya depende qué tan bueno sea el comprador para regatear.

Bien, pasemos al siguiente escalón: Segunda fase del Mundial. Ya en estas instancias, los boletos no bajan de mil dólares y así siguen subiendo su precio, de acuerdo a cómo avanzan las instancias, y entonces vemos las tribunas llenas de jovencitos que se disfrazan jugando al aficionado común de futbol, y en las pláticas durante el juego se puede escuchar la pregunta: ¿Quién es el numero 9?

Otra muy divertida es: Y si gana esta selección, ¿avanza? ¿Contra quién juega? O qué les parece la pregunta en primera fase: ¿Y si empatan, se van a penales?

Jóvenes pretendiendo ser el aficionado común que asiste al estadio cada domingo, los que se gastan la plata de la quincena para ver a su club favorito y, claro, es muy lindo gritar groserías en el estadio; los mismos que se pasan el juego con el WhatsApp o haciendo ‘selfies’ o simplemente el juego les pasó de noche, pues la cerveza ya no les dejó ver cómo terminó el partido.

El Mundial está convertido en un artículo de lujo, que solo se puede ver en la televisión, incluidos los aficionados de la localidad; estando aquí, en Brasil, me encontré y platiqué con varios aficionados locales, quienes se quejaban justo de eso, de que Brasil realizó una fiesta para turistas pudientes, quienes asisten como algo divertido, y es ahí donde duele.  

¿Qué el Mundial no es un evento para el pueblo? Antes, el futbol pertenecía a las clases medias.  

¿Cuántos tenemos familiares que, sin ser adinerados, asistieron a los Mundiales de 1986 o 1970 sin mayor problema que un pequeño ahorro para los boletos?

Hoy, FIFA llega, renta el país completo; monta su espectáculo, se llena la bolsa de toda clase de divisas y se retira. ¿Es que acaso uno solo de los verdaderos aficionados futboleros pudieron entrar a un partido? Ninguno y eso yo lo vi.

Cómo los brasileños se paraban en multitudes frente a un viejo televisor instalado en alguna tienda, y solo compraban refrescos y cervezas, eso es lo máximo a lo que aspira un aficionado que jamás tendrá los recursos para pagar un boleto de Copa del Mundo.

Pero eso sí, la bondadosa FIFA ya entregó un premio de consolación. Por si los ingresos fueran pocos, ya instala en cada sede mundialista un "Fan Fest", que es un lugar al aire libre donde en pantalla gigante se pueden ver los juegos en multitud y, claro, consumiendo refrescos, cervezas y hasta con juegos mecánicos; desde luego, a la salida están las tiendas de recuerdos, donde la mayoría de la gente entra sólo a ver los artículos, pues hasta un llavero representa un gasto fuera de lugar.

Y así, el Mundial dejó de ser un evento al que un verdadero aficionado puede asistir.

Recibe un abrazo desde Brasil bandita. La próxima semana, de regreso a casa. 

YouTube.com/RUFOVISION

twitter@rinconderufo