Eduardo “Rocky” Hernández, boxeo contra bullying

El púgil es una joven promesa del boxeo mexicano cuya fuerte pegada le ha dado fama de noqueador; su fuerza y destreza son resultado de casi diez años de disciplina


Eduardo “Rocky” Hernández
Eduardo “Rocky” Hernández (Tomada de Twitter @PromoDelPueblo)

Ciudad de México

Es la tarde del 5 de noviembre de 2015, la Arena Coliseo está abarrotada. En el ring, los pies de Eduardo Rocky Hernández bailan ante la expectación y el aplauso que sigue a su presentación.

En la otra esquina, los guantes de Luis Felipe Pollo Huiza se alistan para la batalla; pero esta noche no habrá un largo duelo. La afición enmudeció a los 20 segundos, cuando una zurda manda a Huiza a la lona.

 Esta noche, Rocky Hernández se vendó los nudillos para ejecutar el nocaut más rápido del año. Vista así, la carrera de El niño artillero de apenas 18 años se asemeja al golpe que le propinó a Pollo Huiza: poderosa y meteórica.

Pero vista de cerca, es el resultado de una pelea que empezó frente a la báscula (“fui un niño con sobrepeso”, cuenta) y que ha ganado no solo en el gimnasio, también sobre la cama de acupuntura. Hasta ahora, Rocky está invicto: lleva 22 peleas y 15 las ha ganado por nocaut. Para llegar a este récord ha tenido que seguir un camino de dedicación: dieta estricta, doble entrenamiento diario y, lo que no puede faltar antes de cualquier enfrentamiento, conectarse con las emociones de su memoria corporal, a través de sesiones de acupuntura, a cargo de Sergio López Ramos, quien además de acupuntor, fue boxeador invicto en su natal Sinaloa.

Primer round

 No está en un ring. No hay réferi. No trae guantes. Pero el niño Eduardo Hernández está a punto de tener su primera pelea. Antes de que el bullying fuera bullying, Eduardo ya lo padecía.

Su cuerpo regordete y su temperamento tímido lo convertían en presa perfecta de los más grandes. “Ya estaba en quinto grado de primaria y, pues, me pegaban y me empezaban a decir groserías y apodos; a mí nunca me gustaba pelearme, nunca tenía esa maña de defenderme, porque tenía miedo. Hasta que una vez...”.

 Esa vez, fue un chico de sexto el que le pegó. Tenía la opción de aguantarse, como siempre, o responder. “Ahí fue cuando ya me defendí, ya estaba harto de que me pegaran y ya de ahí surgió más lo del boxeo”, recuerda.

De niño, Eduardo Hernández jugaba futbol. Antes de los 10 años acudía al deportivo Victoria de las Democracias, en Azcapotzalco. Pero lo que lo llevaba imantado al campo no era la pasión por el balón. “Ahí en el deportivo había dos puertas juntas, una era para entrar al baño y otra para el gimnasio, a mí me gustaba entrar al gimnasio y ver”, cuenta el también llamado Niño ferrocarrilero, en alusión al sindicato que lo apoya.

Aquel primer golpe en defensa propia se convirtió en el detonante de una carrera que hoy apunta al cinturón de campeón, pero también marcó su temperamento como boxeador: “me di cuenta que no era tan difícil pegar, me sentí un poco más tranquilo porque sabía que de una u otra manera me podía defender, pero responder a la agresión no me hacía sentir cómodo.

 Nunca me ha gustado agredir”. Por eso, aquella tarde del 5 de noviembre de 2015, tras ejecutar el nocaut más rápido del año, Rocky Hernández se fue a su esquina con los ojos crispados esperando ganar, pero también esperando que Pollo Huiza, quien ahora es su amigo, bajara por su propio pie.

Segundo round… y primera caída

 “Este sábado hay peleas, ¿quieres pelear?”. Le pregunta Isaac El Tortas Bustos, campeón mundial en 2004, hoy su mánager y lo toma por sorpresa. Pero igual que cuando de niño decidió enfrentarse al compañero que lo buleaba, el ahora adolescente Eduardo Hernández decide fajarse. Aquel sábado ganó su primera pelea.

Al siguiente, la segunda. En la tercera, sin embargo, probó el sabor de su sangre. Al segundo asalto pararon la pelea. Hernández puede presumir que el boxeo con sangre entra. Porque todavía probó otra vez la lona en Los Guantes de Oro, un torneo amateur de donde salieron Raúl Macías, Rubén Púas Olivares, Ricardo López, Goyo Vargas y Juan Manuel Márquez, entre otros. “La primera vez que entré, me eliminaron luego luego”.

 Bajó del ring llorando. Después de eso ya nadie creía en él. Solo sus papás y su entrenador lo iban a ver pelear. Eso bastó. Al año siguiente se inscribió otra vez a Los Guantes de Oro. Unas cinco personas lo fueron a ver en su primera pelea. Ganó. A la siguiente ya había diez. Ganó.

Nocaut

Eduardo Rocky Hernández no puede precisar de dónde viene la fuerza de su pegada. Por supuesto, la explicación física está en la disciplina con la que se prepara día con día. Su mánager, El Tortas Bustos vio frente a él hace casi 10 años a un tímido niño con “sangre de guerrero que técnicamente solo necesitaba guía”.

Óscar El California Cadena, su entrenador, destaca lo que en estos años ha logrado: “yo en el tiempo que he sido entrenador nunca había sentido un golpe tan duro en las manoplas como el de él, tiene mucho talento, es un muchacho que nació para ser campeón mundial, puede ponerse de zurdo se puede poner de derecho, puede boxear, puede fajarse, pero más que nada tiene una pegada brutal”. Pero habría que hurgar en su historia personal para hallar una razón más certera.

“El día que debutó tiró al muchacho tres veces, un nocaut terrible y lo mandaron a su esquina, él estaba preocupado por el muchacho; si se dan cuenta en todas sus peleas antes de festejar va a ver si su rival está bien”, cuenta El California. Es evidente que las peleas de este joven son también para ser una mejor persona, arriba o abajo del ring.

Por eso, en su más reciente pelea el pasado 11 de junio, al refrendar su fama de noqueador al minuto con 21 del segundo round, lo primero que hizo al ver en la lona a su oponente, fue acercarse para preguntarle si estaba bien, y también por eso, al lograr ponerse en pie, el boxeador filipino Warren Mambuanag también celebró la victoria de Rocky levantándole el puño en señal de victoria. Ese es su secreto: “Nunca subestimo a alguien, siempre hay que tener humildad”