Obama visitó el Salón de la Fama del Beisbol

Barack se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos que, durante su ciclo en la Casa Blanca, acudió al recinto de los inmortales

Cooperstown, Nueva York

Los presidentes de Estados Unidos siempre han compaginado con el beisbol, un deporte que se presta fácilmente a la expresión de patriotismo, pero ninguno, hasta hoy, había visitado el Salón de la Fama de ese deporte, todo un templo para los amantes de la madera, en el que Barack Obama dio rienda suelta a una de sus pasiones.

Fan declarado de los Medias Blancas de Chicago, Obama se convirtió en el primer presidente en visitar durante su mandato el Salón de la Fama del Beisbol en Copperstown (Nueva York), algo que otros ex mandatarios hicieron antes o después de abandonar la Casa Blanca.

"No me han dejado curiosear todo lo que me habría gustad, pero sí he podido ver la pelota que (el ex presidente) William Howard Taft (1909-1913) lanzó el día que se convirtió en el primer mandatario en batear en el partido inaugural", explicó Obama en un discurso para promocionar el turismo desde el recinto de los inmortales.

El mandatario entregó, además, un regalo al museo: la chaqueta que él mismo llevó cuando hizo el primer lanzamiento en el All-Star Game de la temporada 2009, y sostuvo el madero del legendario beisbolista "Babe" Ruth, uno de los más populares de la historia.

"Amo el beisbol y Estados Unidos ama el beisbol. Sigue siendo nuestro pasatiempo nacional", indicó Obama, quien no ocultó que su parte favorita de la exposición fue la dedicada a los Medias Blancas y a "la gloria de su victoria en 2005" en las Grandes Ligas.

Obama no es el único presidente en mostrar devoción por el beisbol: su predecesor, George W. Bush, llegó a ser uno de los principales accionistas de los Rangers de Texas; mientras que el padre de éste, George H. W. Bush, fue conocido por su destreza como jugador en el equipo de la Universidad de Yale.

Sin embargo, el ex mandatario más apasionado por el deporte fue Richard Nixon (1969-1974) quien, en pleno comienzo del Watergate, llegó a recluirse unos días en la residencia presidencial de Camp David con el único objetivo de elaborar una lista con sus jugadores favoritos de beisbol de todos los tiempos.