Mi viejo y el basquet

Aquí una histora que no te puedes perder 

Lebron James y algunos miembros del Miami Heat
Lebron James y algunos miembros del Miami Heat (Reuters)

Mi Papá odiaba el basquetbol. Siempre supuse que tenía ver con el hecho de que era muy chaparrito (yo ya lo superaba en altura a los 13 años), pero también a que fue un deporte que no tuvo mucha difusión durante su juventud. Asociado erróneamente como una especie de práctica para fenómenos gigantescos.

Retrospectivamente, creo que escoger el basquetbol como mi deporte tiene que ver con esto. Si mi Papá pensaba que el rock era música para drogadictos y mugrosos, yo me dedicaría a escuchar punk rock. Si creía que el futbol y el americano eran los únicos deportes que valían la pena, yo tendría que escoger otra cosa. Esto coincidió con las Olimpiadas de Barcelona 92.

Súbitamente mi generación tenía sus Beatles. No eran John, Paul, Ringo y Paul, sino Jordan, Magic, Bird y Barkley. Y de la misma forma que millones de jóvenes compraron guitarras después aparición del cuarteto de Liverpool en el show de Ed Sullivan, yo empecé a botar el balón de niño después de ver como los norteamericanos destrozaban a la competencia anonadada de presenciar a una colección de talento tan histórica.

La distancia entre mi Papá y yo crecía. Mientras el hablaba del América y los Raiders, yo lo hacía del Orlando Magic, a quien había adoptado como mi equipo después de descubrir a su novato sensación, Shaquille O'Neal.

No sólo era el deporte, era todo lo que la pubertad representaba. Rebelión, música a todo volumen, Los Simpson y los comics. Era como si perteneciéramos a planetas diferentes.

La cosa es que, yo no odiaba a mi Papá. Simplemente no teníamos nada en común.

En este inter, Jordan se había retirado del deporte para después regresar. En el año que lo hizo, fue mi equipo, el Magic, quien lo eliminó.

Éramos los reyes del mundo. El primer equipo que había eliminado a un equipo comandado por el 23 en toda la década, convirtiéndolo en mi némesis deportiva. Sabía que Jordan era el mejor, pero mi elección del Magic me proveía derechos de fanfarronear y ningunear a cualquier equipo que no fueran los Rockets de Houston.

Mi Papá siendo un hombre astuto, aprovechó la oportunidad.

A partir de la siguiente temporada, empezó a sentarse conmigo cuando veía los juegos adoptando a los Bulls como su equipo. Ahora éramos rivales.

A mi no me preocupaba: Mi equipo había llegado a los finales y eliminado al mejor jugador del mundo. Nuestro futuro era brillante. Corte a los Bulls ganando 72 partidos contra 10 perdidos y ganando la final, eliminando a mi Magic en una humillante barrida de 4 a 0.

En ese verano, Shaq dejó al Magic por los Lakers y mi equipo estaba en ruinas. Mi Papá había ganado. NO ERA JUSTO. Ni siquiera le gustaba el basket y el destino le había concedido el más grande de los regalos para un fanático, celebrar un campeonato. En su primer año, no menos.

A partir de ese momento, aún más que ver ganar al Magic, lo que más me importaba era ver perder a los Bulls. Demostrar que mi Papá estaba equivocado.

Lo más chistoso es que sin darme cuenta, mi Papá y yo otra vez estábamos unidos. De repente ya no discutíamos por mis revistas de rock y mis caricaturas obscenas, sino por el deporte, que aunque nunca tuve oportunidad de preguntarle, ya había empezado a amar.

Entre la primera y segunda final que enfrentó al Jazz de Utah y los Bulls, mi Papá desarrolló problemas en el corazón. Recuerdo como veíamos el juego, el sentado con unos tubos saliendo de su cuerpo que no evitaban que me molestaran durante la segunda final: "Mira, Jordan ya sacó la lengua. Significa que ya la metió... ¿Viste? Tenía razón". Yo no podía con la rabieta.

Cuando Jordan eliminó al Jazz con aquel mítico tiro en el juego 6, no pude con las burlas de mi Papá y subí corriendo a mi cuarto a encerrarme a llorar.

Era como aquel capítulo de Los Simpson donde Homero practica el videojuego de box hasta que está a punto de vencer a Bart y desconectan el aparato, pero al revés. Yo no podría vencer a mi Papá en mi propio deporte.

Unos días después, mi Papá falleció sorpresivamente, después de haber salido bien de una complicada operación.

Y nunca tuve oportunidad de vencerlo. Nunca tuve oportunidad de burlarme en forma amistosa, clamar la superioridad de mi equipo.

Pero eso es lo de menos. Al final, fue el basket lo que nos unió en sus últimos días. Lo que nos hizo tener ese vínculo que no habíamos experimentado por años. Esa comunión que es difícil de explicar, pero que quien haya compartido uno de estos momentos junto a su padre e hijo solamente podrá entender.

Hoy es día del padre y probablemente haré tremendo coraje si es que los Spurs se llevan su quinto campeonato. Aunque no lloraré y las burlas de mis amigos no me lastimarán como aquellas de mi Padre. Aunque ¿Saben? Cambiaría ver que mis pronósticos deportivos fallaran en toda ocasión por el hecho de que estuviera el señor César Solari para echármelo en cara.

Feliz día del padre. Disfruten el juego con sus padres o con sus hijos y valoren estos momentos.