Oribe, clave en medio y arriba

El capitán de América fue clave en el triunfo ante Cruz Azul; en la mitad del campo y la delantera dejó cada gota de su espíritu. Su premio: un doblete


Oribe Peralta en el Clásico Joven
Oribe Peralta en el Clásico Joven (Imago7)

Ciudad de México

L a alineación de América en el partido del sábado fue una declaración de intenciones. Ricardo La Volpe mandó en el once a Silvio Romero y Oribe Peralta, a Michael Arroyo y a Renato Ibarra. Alto calibre como lo demandaba el partido y la necesidad de obtener los tres puntos para seguir con aspiraciones de acceder a la Liguilla.

Con el matiz de que a La Volpe no le gusta jugar con dos nueves, porque el técnico prioriza el juego por fuera, con sus volantes yendo al mano a mano, la posición de nueve puro fue para el Chino Romero; al Cepillo le tocó retrasarse unos metros, al centro del campo, cerca de William y Renato, pero con según el flujo de juego adelantaba metros.

No fue un movimiento al vapor, todo lo contrario, es un ajuste que el entrenador argentino ya había realizado. La primera vez que Oribe jugó como interior por izquierda fue en el partido de vuelta de los cuartos de final del torneo pasado, la lesión que había sufrido Rubens Sambueza llevó a La Volpe a buscar soluciones, contó con el apoyo de Peralta, porque el Cepillo es un jugador voluntarioso, que mira primero por la causa colectiva y no por la individual. Y en aquel partido, como en el del pasado sábado, Oribe fue determinante: marcó el gol que dejó al cuadro tapatío fuera de la Liguilla.

El sábado, el capitán de las Águilas comandó la marcha del equipo hacia el campo de batalla, él mejor que nadie sabía que tenían que saldar la deuda del conjunto con su afición. Lo dijo apenas salió del estadio Chivas tras perder el Clásico Nacional, reconocía que se tenía que reaccionar por activa o por pasiva, pero que no se podían dejar ir más puntos.

Y es que Peralta tiene un vínculo especial con Cruz Azul, desde que llegó a Coapa le había marcado a La Máquina en cuatro de cinco juegos. En el estadio Azul o en el Azteca, había festejado. Así que Oribe sabía que era el día para dar un paso al frente, lo reclamaba su condición de capitán y la urgencia de todo el equipo. Tenía que ser el primero en predicar con el ejemplo y lo hizo desde el primer minuto.

Sí, a Oribe se le pueden criticar muchas cosas, pero nadie puede poner en tela de juicio su espíritu, es un tipo que pelea todas las pelotas, deja hasta la última gota de sudor en el campo, se exprime cada minuto.

El sábado fue un jornalero, un capitán que entendió las circunstancias, no se achicó, sino que levantó la cara, asumió el peso del escudo y se lanzó a la batalla, buscó transmitirle al equipo que había llegado la hora de reaccionar y estar a la altura de la camiseta, lo ameritaba la atmósfera del partido.

El Cepillo se asoció en el centro del campo, alzó la voz para pedir que el equipo mantuviera el orden, echó una mano en las tareas defensivas, retuvo el balón cuando debía, pero sobre todo apareció en el área, esa zona destinada a los héroes.

Cuando América atacaba se adelantaba unos metros, porque así estaba planeado y porque le gana el instinto de delantero que siempre ha tenido, su pillería quedó de manifiesto en el primer gol. Tiro de esquina que Arroyo cobra, Oribe se mueve en el área chica, busca zafarse de Julián Velázquez que se pegaba a él como chicle, se desprende del argentino y pica a primer palo, se levanta y cabecea la pelota que se va al fondo, corre, celebra y motiva a los compañeros a no bajar las pulsaciones.

Siguió a lo suyo, en lo futbolístico y en lo moral, porque es un líder nato. No cesó ni un ápice y de sus pies se gestó la acción en la que Roco se fue expulsado. Buscó a Romero, tiró una pared con el Chino y luego un pase en profundidad que obligó al defensa celeste a derribar a Silvio; el chileno se fue al vestidor. Otra acción de Peralta que fue allanando el camino.

Pero le faltaba la guinda. La salida del Chino, al minuto 78, lo llevó a jugar de nueve, su hábitat natural, y ahí demostró de nueva cuenta su instinto. Las Águilas recuperaron una pelota en medio campo, Ibarra la llevó, esperó el movimiento de un compañero, fue Oribe el que aceleró y llegó por el centro, recibió el pase de Renato y disparó cruzado con la izquierda para vencer a Corona.

Cuando La Máquina suspiraba por el empate, Oribe acabó con sus esperanzas, la afi ción azulcrema celebraba extasiada, la cementera agachaba la cabeza. Peralta levantaba las manos, América revivía en el torneo de la mano de su capitán que fue lúcido en el medio campo y un killer en el eje de ataque.

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